Esta es la maldición de Latinoamérica


En 1936, el intelectual venezolano Arturo Uslar Pietri acuñó la célebre expresión "sembrar el petróleo", con la que exhortaba a diversificar la ingente renta de los recursos naturales para conjurar la maldición del oro negro: “Un país improductivo y ocioso, un inmenso parásito del petróleo nadando en una abundancia momentánea y corruptora, abocado a una catástrofe inminente e inevitable”.

Que la bucólica estampa de la huerta venezolana sea, a día de hoy, una impresionante hilera de buques haciendo cola para descargar montañas de contenedores en Puerto Cabello dice mucho de cómo terminó esta historia. Venezuela importa más de la mitad de los alimentos que consume, en una costosa “agricultura de puertos” que no huele a vergel y tierra mojada, sino a fuel y salitre. La inseguridad alimentaria es el último eslabón de una dependencia aberrante del exterior.
A punto de cumplirse un siglo del reventón del Pozo Zumaque I, la petrochequera aporta 9 de cada 10 dólares que entran en la economía, mostrando la inexorable desindustrialización del país con mayores reservas mundiales de crudo. Hace mucho tiempo que el productor local quedó fuera de juego, incapaz de competir contra una moneda históricamente sobrevalorada que subsidia la compra de todo tipo de bienes y servicios en el exterior. Cada vez que el crudo se tambalea, los venezolanos no tienen a qué agarrarse.
Las exportaciones de la región se desploman al saciarse la pantagruélica demanda china y sus monedas sufren una devaluación masiva anticipando el fin del dinero barato en Estados UnidosCon gran precisión, Pietri había definido en un editorial sin desperdicio los síntomas y el remedio de lo que cinco décadas más tarde se bautizaría como “la enfermedad holandesa”, diagnosticada tras estudiar el devastador efecto que tuvo sobre la industria de los Países Bajos el descubrimiento de un enorme yacimiento de gas natural en el mar del Norte que disparó el valor del florín en la década de 1960.
Esta distorsión económica se contrae por un auge de las materias primas, que incrementa acusadamente el ingreso en divisas. El primer síntoma es una inflamación anormal del tipo de cambio, lo que, a su vez, alienta las importaciones, erosiona el tejido industrial y termina por arrasar con la diversificación y el empleo. Una vez infectado, el país entra cíclicamente en recesión tras haber autodestruido las fuentes alternativas de ingresos que tenía para protegerse de la crisis.
La fiebre holandesa se extiende por la región
Venezuela es un caso de manual, pero no la excepción. En los últimos años, el termómetro de las divisas mostró cómo subía la fiebre holandesa en casi toda la región (Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México, Perú, Uruguay, Venezuela) con revalorizaciones astronómicas. Pero el exorbitante auge de los hidrocarburos, los minerales y los alimentos, así como el espectacular aumento en los flujos de capital, no redundó en mayor diversificación productiva. Todo lo contrario.
Ahora, el cacareado commodity supercycle se desinfla. Las exportaciones de la región se desploman al saciarse la pantagruélica demanda china y sus monedas sufren una devaluación masiva anticipando el fin del dinero barato en Estados Unidos. La bonanza que permitió reducir la pobreza al mayor ritmo en 30 años y sumar más de 50 millones de personas a una clase media emergente no vino acompañada de mejoras sustantivas en la productividad. Y este ha sido el gran pecado latinoamericano: crecer sin aprender a competir.
Todavía no hablaría de una década perdida”, considera Beñat Bilbao, director asociado del Foro Económico Mundial, cuyo Reporte Global de Competitividad alerta de un estancamiento productivo que hace peligrar el crecimiento de la región a medio plazo. “Pero, si América Latina quiere dar un paso cualitativo, es urgente acometer reformas estructurales”, asegura en una entrevista telefónica con El Confidencial desde Suiza.
Cultivo de cacao en BrasilCultivo de cacao en Brasil
Al margen de las medidas coyunturales que Gobiernos y bancos centrales tomen para enfrentar el fin del superciclo, los expertos señalan tres virus históricos que incuban el dichoso síndrome neerlandés. Instituciones ineficientes, infraestructuras calamitosas y severas taras en el sistema educativo protagonizan el triste bodegón de la improductividad latinoamericana.
Kafka en el seguro social
En 2008, el Gobierno de México lanzó un novedoso concurso para identificar el trámite más inútil, engorroso y surrealista de los más de 4.200 que superpueblan la feroz burocracia federal. Además de un buen reguero de titulares, las más de 21.000 propuestas que recibió la iniciativa ofrecieron una espeluznante radiografía del purgatorio en el que se ha convertido la Administración Pública mexicana, donde abrir un negocio, introducir un reclamo o denunciar un robo puede convertirse en una auténtica roca de Sísifo del papeleo.
La palma (y los casi 16.000 euros de premio) se la llevó una atribulada madre soltera que, dos veces al mes, pasaba las de Caín en los pasillos del Seguro Social tratando de conseguir un medicamento para su hijo de siete años. Formalizar el pedido le tomaba un mínimo de cuatro días, en los que debía lidiar con una maraña de no menos de ocho funcionarios.
La bonanza que permitió reducir la pobreza al mayor ritmo en 30 años y sumar más de 50 millones de personas a una clase media emergente, no vino acompañada de mejoras sustantivas en la productividad. Este ha sido el gran pecado: crecer sin aprender a competirNo faltó quien postulara al propio concurso como “el trámite más inútil” ante las dificultades que tuvieron para encontrar las bases de la convocatoria. Y a tenor de los resultados, algunos no dudarían en darles la razón. De las 1.200 diligencias que se propusieron eliminar en tres años, las autoridades apenas podaron 30, según el informe final de la Secretaría de la Función Pública.
A día de hoy, los mexicanos (y su productividad) siguen languideciendo en interminables colas para hacer trámites kafkianos en oficinas cochambrosas a merced de funcionarios incompetentes, despóticos o directamente corruptos. Un rosario de despropósitos que se reza en toda América Latina, con alguna honrosa excepción que viene a confirmar la triste regla.
“Los países deberían invertir sus recursos minerales en áreas productivas como la infraestructura, la educación y la innovación. Con esto mejorarán su productividad general y apoyarán la progresiva diversificación de la economía. El factor crucial (…) es la presencia de instituciones fuertes, transparentes y eficientes”, reza el Reporte de Competitividad Global del FEM 2013-2014.
Sin embargo, la corrupción, el burocratismo y el crimen se cuelan repetidamente entre los tres principales problemas para hacer negocios en la región y la percepción de las empresas sobre el marco administrativo latinoamericano es, sencillamente, lamentable.
“Hay una relación directa entre la institucionalidad de un país y su capacidad para educar a los niños, mejorar las infraestructuras, cuidar la salud de las personas y tener sistemas judiciales claros y transparentes. Es la base de todo el sistema”, explica Enrique Lawrence Pratt, director del Centro Latinoamericano para la Competitividad y el Desarrollo Sostenible (CLACDS) a El Confidencial desde Costa Rica.
Una indigestión kilométrica
Un viernes cualquiera del pasado mes de julio, a eso de las siete y media de la noche, Sao Paulo se superó a sí misma. Un atasco bíblico de 300 kilómetros, casi el doble de la congestión 'normal' para esa hora, fue el penoso apogeo del perenne embotellamiento que sufre la capital financiera de América Latina.

La particular condena vehicular de los paulistianos, que pasan más de dos horas diarias atrapados en el tráfico, se traga 20.000 millones de dólares al año en horas perdidas, casi un 10% del PIB de la ciudad donde trabajan los ejecutivos mejor pagados de la región. A esto habría que sumarle unos 4.000 millones de dólares por el combustible derrochado en el sumidero del atasco, según la escuela de negocios Fundação Dom Cabral.
Y es sólo la punta del iceberg. El patético estado de las infraestructuras en la orgullosa B del BRIC se ha convertido en la peor pesadilla de los empresarios para hacer negocios en la octava economía del mundo.
Una estruendosa cola de camiones de 65 kilómetros saliendo del puerto de Santos es un buen retrato de los problemas de Brasil para digerir su propio éxito. El mayor terminal marítimo de Sudamérica, por donde se mueve un cuarto del comercio exterior brasileño, colapsó en abril ante la cosecha récord de soja. El caos portuario dejó tras de sí la cancelación de jugosos contratos con China, pérdidas millonarias en el sector naval y una gran mancha en las credenciales exportadoras de la potencia carioca.
Carreteras cochambrosas, sistemas férreos antediluvianos y aeropuertos desfasados son moneda corriente en América Latina, donde la oxidada cadena logística estrangula la eficiencia en sectores claves de la economía.
El mayor terminal marítimo de Sudamérica, y por donde se mueve un cuarto del comercio exterior brasileño, colapsó en abril ante la cosecha récord de soja. El caos portuario dejó tras de sí la cancelación de jugosos contratos con China “La insuficiencia de la dotación se traduce en altos costes operativos y genera dificultades para el crecimiento de las exportaciones de los productos y para la expansión de las exportaciones hacia productos y servicios con mayor valor agregado”, concluía el banco de desarrollo regional Corporación Andina de Fomento (CAF) en un estudio sobre el tema para la Cumbre Iberoamericana de 2012.
Que se lo digan a los empresarios colombianos: cuesta tres veces más mover un contenedor los 1.000 kilómetros que separan Bogotá y Cartagena que los 15.000 que hay entre Cartagena y Shanghái, según la consultora Serfinco. La alternativa: unas paupérrimas líneas férreas de trocha angosta que sólo aceptan vetustos trenes de los 50.
El largo invierno educativo
Unas instituciones fuertes y unas infraestructuras adecuadas no son vacuna segura contra la improductividad y nada mejor que el agosto chileno de 2011 para demostrarlo. En lo más crudo del invierno austral, cientos de miles de estudiantes protagonizaron masivas movilizaciones para exigir cambios radicales en un sistema educativo muy segregador, poco excelente y nada innovador heredado de la dictadura militar de Augusto Pinochet.
Sobre el papel, la nación sudamericana tiene todo para despuntar como una potencia competitiva de clase mundial: Administración razonablemente eficiente, bajos niveles de corrupción, solidez macro y prudencia fiscal. Sin embargo, la tara estructural de su sistema educativo es una represa que limita todo el sistema.
Colegios públicos tercermundistas conviven con centros particulares reservados para una acaudalada minoría, y tanto unos como otros salen muy mal parados en los análisis de calidad, como el informe PISA de 2009. Las universidades estatales adolecen de falta de financiación, las privadas no son adecuadamente fiscalizadas y ambas son caras. Chile es el segundo país del mundo donde las familias deben invertir más en la educación superior de sus hijos, superado sólo por Estados Unidos, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE).
Estudiantes marchan en centro de Santiago en demanda de educación de calidadEstudiantes marchan en centro de Santiago en demanda de educación de calidad
Aunque sea por una vez, los beligerantes estudiantes chilenos coincidirían con las conclusiones de los selectos empresarios del club de Davos: “Las debilidades del sistema educativo (notablemente en términos de calidad) impiden proveer al país con una fuerza de trabajo que tenga las habilidades necesarias para mejorar su productividad y/o embarcarse en proyectos innovadores”.
Si así están las cosas en la economía en mejor forma de América Latina, ¿qué queda para el resto?
Aunque se han logrado avances sustantivos en los últimos años, sobre todo en términos cuantitativos, la triste realidad es que, desde Río Bravo a la Patagonia, todavía se pueden ver chavales sudando la gota gorda en campos de labranza, minas infrahumanas o como pequeños esclavos domésticos, revolviendo en los basureros o vendidos en prostíbulos de mala muerte. Algunos incluso son obligados a empuñar las armas, tras ser reclutados por grupos guerrilleros o bandas de narcotraficantes.
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) calcula que hay 14 millones de niños trabajadores en Latinoamérica, la mitad en actividades de alto riesgo. Es un tercio menos que hace dos años, pero según van creciendo la deserción escolar aumenta y casi el 60% de los adolescentes no termina la secundaria. Sin estudios, ni trabajo, unos 38 millones de jóvenes latinoamericanos entre los 15 y 29 años, sin estudios ni trabajo, corren el riesgo de caer en la criminalidad, según la Organización de Estados Americanos (OEA). Y con este certero compás se traza el círculo vicioso de la pobreza.
La desigualdad latinoamericana entre unas élites con acceso a la mejor educación y los pobres, con escuelas de nivel africano y millones de niños que ni van al colegio, es una de las desigualdades más grandes del mundo”, asegura Xavier Sala i Martín, catedrático de economía en la Universidad de Columbia y asesor jefe del Foro Económico Mundial, en una entrevista con El Confidencial desde Nueva York. “Ese es el gran drama, y no se ha hecho nada”.
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