Una reflexión acerca de la victoria del 26 de septiembre

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¡Ha triunfado la Revolución! ¡El PSUV se consolida como el mayor partido político! ¡Las pretensiones del PPT se volvieron polvo cósmico! ¡Tendremos una bancada de 98 diputados y diputadas lo que significa el 59.39 %! ¡Se alcanzó un record histórico de participación en elecciones de esta naturaleza! Todo esto y mucho más es cierto y puede movernos a la satisfacción. Sólo que es cierto para un partido o movimiento clásico dentro del juego “democrático” burgués. Pero ni el PSUV está llamado a ser un partido dominante dentro del marco clásico de partidos en el juego eleccionario de la democracia burguesa ni la Revolución Bolivariana es un movimiento más aspirando a una cierta hegemonía dentro de la democracia burguesa. En Revolución, no poder alcanzar la aceptación fluida y serena de al menos el 80% de nuestros compatriotas –todos los que no son burgueses y para los cuales es la Revolución- tiene que ser una seria advertencia. No hacerlo podría ser suicida.No podemos conformarnos con “triunfos” que sólo garanticen una cierta hegemonía pero que en cualquier momento pudieran revertirse. La Revolución Socialista hay que garantizarla hasta colocarla a salvo de los sustos propios del juego eleccionario burgués.

El Partido de la Revolución está llamado inexorablemente a ser el músculo ejecutor de la transición al socialismo. Esta transición no la lleva a cabo “maquinaria” alguna. Una maquinaria (cuyo nombre mismo tiene tantas reminiscencias desagradables de la “maquinaria adeca” que ya sabemos como terminó arrasada por el amor y la emoción de Chávez en 1998) organiza, canaliza y garantiza el orden de la emoción, la pasión y el amor infinito del pueblo pero no los contagia. Es necesario contagiar la emoción, la pasión y el fuego sagrado del amor en el alma fértil del pueblo. Al pueblo hay que blindarle la conciencia desde la ciencia del ejemplo. El problema con el contagio es que no podemos contagiar sino aquello que tenemos. Para respirar y contagiar amor en las narices de nuestro pueblo –como decía Albert Camus- hay que tener amor en el pecho, en los nervios y hasta el tuétano de los huesos. Las “maquinarias” –con sus estructuras burocráticas- no poseen per se ese fuego sagrado. Para esta tarea es imprescindible un partido de apóstoles, un partido de misioneros del socialismo. Sólo entonces tiene sentido esencial la maquinaria.

El Partido de la Revolución tiene que ser un estricto y severo contralor de las acciones de la burocracia “mata sueños” No somos meros soñadores quienes luchamos por un mundo socialista en vía al comunismo pero tampoco burócratas del sueño. El gran desafío consiste en lograr que en esta etapa de transición, en la cual el Estado debe cumplir la tarea de colocar todo su poder al servicio del pueblo, éste no termine convertido en nuevo poder al servicio de sí mismo. He aquí un delicadísimo problema que debe resolverse con creatividad, solvencia teórica y decisión firme. El Estado socialista debe ser un Estado fuerte, en tanto y en cuanto debe tener suficiente poder como para que, colocado al servicio de la clase trabajadora alcance el objetivo de aplastar a la clase opresora burguesa, pero con una irrevocable vocación suicida, pues debe desaparecer como instrumento de opresión una vez solventada la división de clases.

En principio, parece un grave error que el Partido de la Revolución –salvo el caso del Comandante Presidente por su característica tan particular de conector esencial con el alma del pueblo- sea al mismo tiempo partido y gobierno. Cuando un cuadro revolucionario ejerce un cargo de importancia dentro del aparato burocrático pierde su capacidad crítica y su fundamental papel de bisagra articuladora entre la misión servidora del Estado y el pueblo al que sirve ¿Cómo evitar que el cuadro-burócrata no sea benévolo en la valoración de su propia gestión y la de sus subalternos?, ¿cómo impedir que ese indudable poder que mana del ejercicio del gobierno no sea utilizado en beneficio de sí mismo y de sus incondicionales?, ¿cómo evitar que un ministro, gobernador o alcalde no utilice su poder para colocar sus incondicionales en la dirección del partido?, ¿dependerá todo de la calidad ética del cuadro-burócrata?, pudiera ser, pero… ¿es suficiente esa garantía para hacer descansar en ella el éxito de la Revolución? ¡La experiencia nos dice rotundamente que no! El ministro, gobernador o alcalde debe responder por la plena eficacia en su cargo: ¡punto! El Partido ha de ser el corazón de la Revolución en cuanto a concentrar en su seno los cuadros más exigentes, preparados y doctrinariamente claros y absolutamente libres de compromisos con la burocracia para cumplir con su rol intransferible de bisagra entre el poder constituido (Estado y Gobierno) y el poder constituyente (El Pueblo Soberano). El Partido debe encarnar la instancia moral más elevada y de juicio contundente a fin de zanjar –en su condición mediadora- los problemas que vayan derivando de una transición que devuelva todo el poder al pueblo, dueño legítimo del poder.

El Partido tiene que configurar un conjunto de cuadros con las personas más generosas, entregadas, valientes, heroicas e ideológicamente mejor formadas del pueblo. Les corresponde el invalorable privilegio de ser los constructores de un mundo nuevo, y esa debe ser su única recompensa y además rechazar y repugnar cualquier otro privilegio que no sea el de recibir un justo salario para sí y su familia. Deben estar libres de tentaciones de poder de ningún tipo. Deben ser personas con vocación irreductible de servicio a la causa revolucionaria, a la patria y al pueblo, sin más recompensa que la que mana de una conciencia plenamente satisfecha con haber sido en esta vida, personas útiles y buenas al servicio del más sublime de los sueños. El pueblo, en su conjunto, debe ser el protagonista de su propia redención. Los dones necesarios del Profetismo, del Canto, de el don Reparador y el de la Autoridad Regia, deben ser, como la Soberanía misma, intransferibles, absolutos e imprescriptibles. Inventamos o erramos ¡INVENTEMOS!

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