Misión Voyager, el viaje que ha llevado al hombre a los confines del Sistema Solar



Las sondas espaciales Voyager (que significa «viajero») son probablemente los artefactos humanos que han emprendido el viaje más increíble de todos los tiempos. Ambas son los objetos humanos más lejanos y en su historial está haber explorado por primera vez planetas gigantes y lunas exóticas, que hoy en día aparecen en cualquier libro de texto. Su incansable viaje las ha llevado hasta las afueras del Sistema Solar e incluso hasta el vacío insondable más allá. Desde 2012, y por primera vez en todos los tiempos, una nave, la Voyager 1, surca el espacio interestelar, el «hueco» que hay entre las estrellas de la Vía Láctea.

Desde este martes, la Voyager 1 es, junto a la Voyager 2, lanzada el 20 de agosto de 1977, una nave con 40 años de historia. En ese tiempo ha batido récords y ha hecho innumerables descubrimientos. Su épico viaje la ha convertido en un icono esencial de la exploración espacial, y su historia ha inspirado a generaciones de astronautas,científicos y apasionados. A pesar de su vetusta tecnología y de estar a decenas de miles de millones de kilómetros de la Tierra, las Voyager 1 y 2 siguen explorando y cosechando ciencia.

«Si alguien me hubiera dicho por entonces que, después de 40 años, las naves iban a estar funcionando, le hubiera dicho que estaba loco», ha reconocido a ABC Stamatios M. Krimigis, investigador principal de uno de los cinco instrumentos de las Voyager desde su lanzamiento.

Una nave con alzhéimer

Krimigis cree que es «excepcionalmente afortunado» que las Voyager hayan durado tanto tiempo en el espacio. Paradójicamente, detrás de su resistencia hay un ingrediente que queda fuera del alcance de las naves espaciales actuales. «Uno de los secretos de las Voyager es que no hay ningún ordenador real a bordo», ha dicho el investigador. «Nuestras naves modernas tienen cientos o miles de ordenadores. Son maravillosos, pero es imposible que podamos asegurarnos de que no acaben fallando».

Aún así, el tiempo siempre hace mella. «En los últimos años hemos comprobado que la nave tiene un poco de alzhéimer», opina Krimigis. Los sucesores de los informáticos de los años setenta deben programar el funcionamiento de las sondas, sin usar las células de memoria que van muriendo. Y no tienen mucho margen de maniobra. Si un «smartphone» actual puede alcanzar unos 160 gigabytes de memoria, las Voyager tienen una capacidad dos millones de veces menor.

Pero el problema más acuciante de las naves está en sus reservas de energía. Desde hace 40 años, las sondas se alimentan gracias a tres generadores de radioisótopos, basados en el plutonio-238. Estos suministran energía a los instrumentos científicos y caldean los circuitos en el frío espacio. Pero su duración es limitada. Se espera que en algún momento, entre 2025 y 2030, los científicos deban comenzar a apagar sistemas para prolongar la duración de las Voyager al máximo.

Este empeño en aumentar el tiempo de la misión no es infundado. Cada segundo, la Voyager 1 envía 160 preciados bits de información a través de su antena, y además recorre 17 kilómetros en dirección a lo desconocido. Todo lo que pueda observar en los límites del Sistema Solar, en el espacio interestelar, es información valiosa sobre una región inexplorada y extraña. Allí, la influencia del Sol y del viento solar han quedado atrás, y en el vacío aparente se dispersa la radiación que proviene de la Vía Láctea. Parece que allí el reino del Sol queda aplastado por los fenómenos que ocurren en la galaxia.

Adiós, Sol

Precisamente, el mayor logro de la misión ocurrió en 2012, cuando la Voyager 1 hizo historia y atravesó una región llamada heliopausa, que es el límite a partir del cual el viento solar deja de tener influencia. Krimigis y otros investigadores han descubierto que en esa región el espacio no es tan tranquilo como se pensaba. Han detectado interesantes perturbaciones y «tsunamis» de energía, cuyo comportamiento es aún un enigma.

Donald Burnett, investigador principal de otro de los instrumentos de la Voyager, y que acumula más de 50 años de carrera científica, es especialista en oír este tipo de fenómenos en el espacio. Su instrumento a bordo de la nave detecta las ondas de radio y su interacción con el viento solar.

«Podemos traducir las ondas que detectamos en sonido, y con un amplificador podemos llegar a oírlo», explica Burnett a ABC. Gracias a esto, se puede conseguir el sonido característico del espacio interestelar o el de cada planeta.

Burnett ha dedicado su vida a la física del plasma, un estado de la materia en que el gas está cargado y muy caliente. Esto no solo le ha permitido entender el comportamiento de los planetas y de sus campos magnéticos, sino aprender sobre el diseño de los futuros reactores nucleares de fusión, en teoría limpios e inagotables.

Las pioneras de los planetas

Sin embargo, para Burnett la importancia de las Voyager no se limita a haber podido asomarse al espacio interestelar: «Son las que hicieron las primeras medidas y observaciones de cerca de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno», sentencia. Además, el investigador hace hincapié en que fueron estas naves las que permitieron ver los satélites de estos planetas.

De hecho, las Voyager fueron las primeras en descubrir volcanes activos más allá de la Tierra, en Ío, la luna de Júpiter. Obtuvieron pruebas de que hay un océano subterráneo en Europa, otro satélite de Júpiter, y analizaron de cerca Titán, una exótica luna de Saturno, cuya atmósfera está cargada de nitrógeno como la terrestre, y que hoy en día se sabe que podría albergar vida basada en hidrocarburos. Como profesor de Astronomía, Burnett recuerda los años previos: «Antes de las Voyager, los planetas exteriores del Sistema Solar ocupaban 20 páginas en los libros. Después, hubo que añadir muchos capítulos con todo tipo de detalles».

Hoy, las Voyager siguen viajando hacia el espacio insondable. Pasarán siglos hasta que salgan de la nube de Oort, la última frontera del Sistema Solar, y decenas de miles de años hasta que pasen a más de un año luz de la estrella más próxima. Para Krimigis, lo más importante de las Voyager es que expandieron los horizontes de la humanidad. Solo así pudo mirar atrás y ver el pequeño punto azul que es la Tierra. «Cuando te das cuenta de lo aislados y solos que estamos, ves lo preciosa que es nuestra nave espacial, la Tierra, y lo importante también que es protegerla», culmina.

Dos vidas dedicadas al espacio:

Stamatios M. Krimigis es conocido como Tom en el laboratorio de Física Aplicada de la Universidad Johns Hopkins, donde es miembro emérito. Era un estudiante en Minesota cuando los soviéticos lanzaron el Sputnik. «Era impensable saber que a miles de kilómetros, encima de nosotros, había una nave y que no podíamos hacer nada», dice.

Krimigis estudió y su trabajo le hizo llegar a ser el investigador principal más joven de la misión Voyager. Se convirtió en el único científico en enviar instrumentos a los nueve planetas del Sistema Solar. Ha publicado casi 600 artículos, pero para él su mayor logro es haber contribuido al «mensaje de la Humanidad para la galaxia». «La Voyager es esencialmente un mensaje que la Tierra manda al Universo y que dice: ¡Hey! Estamos aquí», asegura.

Donald Gurnett lleva más de 50 años dedicándose a la exploración del espacio. Estudió Física en la Universidad de Iowa, ha publicado 450 artículos y participado en el proyecto de treinta naves espaciales.

Este científico está especializado en oír ciertas formas de radiación en el espacio y a través del teléfono reproduce algunas grabaciones conseguidas por las Voyager. También recuerda la importancia de la exploración de las lunas del Sistema Solar. «El 5 de marzo de 1979 estábamos acercándonos a Júpiter. Desde el descubrimiento de Galileo, sus lunas eran puntos de luz (...). Por la noche, vimos un punto anaranjado. Al cabo de horas, tuvimos increíbles imágenes de Ío. Parecía una pizza». Nadie lo esperaba, pero acababan de descubrir los primeros volcanes activos más allá de la Tierra.

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