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Repensando Venezuela


Abordar un diagnóstico del proceso bolivariano exige en primer lugar despojarnos de toda pretensión de resolver la cuestión derivando conclusiones de determinados textos o formulaciones políticas escritos en otras sociedades y otros momentos históricos. Impone en primer lugar disponernos a analizar una situación compleja utilizando las herramientas teóricas disponibles, de la misma forma que hicieron quienes, eludiendo la copia o la repetición de frases hechas en otros contextos, se dedicaron a analizar las particularidades de los procesos históricos y sociales de sus países y de su relación con el mundo en que estaban insertados y fueron capaces de protagonizar revoluciones de carne y hueso, no virtuales.

Intentando abordar esa complejidad me parece importante plantear cinco cuestiones.

  • ¿Cual es el proceso político previo a la asunción del gobierno por Chávez? ¿Cual era el poder popular acumulado para sustentar los futuros cambios?

  • ¿Cual era la matriz productiva que habían construido las clases dominantes en el país y que habían consolidado los gobiernos de la IV Republica, y que condiciona actualmente al proceso bolivariano?

  • ¿En que mundo esta insertado el proceso bolivariano?

  • ¿Como se conjugan los distintos factores en la actual coyuntura?

  • ¿Cuales son los límites estructurales y cuales son las iniciativas para modificarlos?

El punto de partida

Es fácil ponerse de acuerdo en que una de las condiciones básicas para que se produzca un hecho revolucionario es que esté precedido por una importante acumulación de poder de las clases transformadoras. Y que esa sustantiva acumulación de poder de la clase revolucionaria debe combinarse con una crisis de hegemonía de las clases dominantes.

Si analizamos estas cuestiones básicas con lo sucedido en el arranque del proceso bolivariano es también fácil ponerse de acuerdo en que si la cuestión de la crisis de la dominación estaba presente, la cuestión del poder popular acumulado estaba muy floja.

Fue un hecho popular de masas, el Caracazo, el que desencadenó una aguda crisis política en las clases dominantes venezolanas, y también ese fenómeno alumbró un crecimiento de manifestaciones de la lucha de clases: invasiones, movilizaciones, huelgas. Pero ese crecimiento se registra desde niveles paupérrimos que en todo caso permitieron a Venezuela equipararse en los 10 años previos a 1999 a los otros países sudamericanos. No debe suponerse tampoco que esa crisis generó un crecimiento automático en niveles de conciencia y organización popular.

Quienes militamos en los años setenta veíamos por aquellos años a Venezuela como una colonia gringa, como un país que en todo caso podía servir de tranquilo exilio y de hecho sirvió como destino de muchos argentinos, chilenos y uruguayos perseguidos por las dictaduras. No es casualidad que cuando las posibilidades revolucionarias del continente fueron clausuradas por dictaduras, en Venezuela se mantuviera una democracia constitucional burguesa. Es cierto que durante los gobiernos de la Cuarta Republica hubo no menos de 3.000 asesinatos políticos, pero ¿qué son esas cifras comparadas con lo que ocurrió en otros países de Sudamérica?

La confusión que produjo en buena parte de la militancia de izquierda sudamericana la aparición de Chávez se explica porque en las fuerzas armadas de cualquier país del sub-continente, con excepción de Venezuela, a partir de los 80 y después de las experiencias de Torres en Bolivia y Velasco Alvarado en Perú, se consideraba impensable la presencia de un militar con ideas de izquierda y mucho menos que hubiera llegado al grado de coronel. Era impensable también que militares de origen humilde tuvieran mando de tropas y que se asumieran como “bolivarianos”.
En realidad no podían imaginarse hasta que punto estaban descuidadas las clases dominantes venezolanas.

Venezuela es un país donde la pobreza de la lucha de clases y de las posibilidades revolucionarias fomentó el descuido de una burguesía lumpen y un imperio distraído que fueron sorprendidos por un avatar de la historia que se expresó en el liderazgo de Chávez.

Así fue que el chavismo, una fuerza política sumamente heterogénea pero con un liderazgo revolucionario, llegó al gobierno. Y fue allí donde empezaron los problemas del poder popular, o del escasísimo poder acumulado previamente.

En quince años de gobierno, y con la experiencia de haber derrotado a un golpe de Estado, los niveles de conciencia y organización del pueblo venezolano han dado un salto importantísimo, que lo ubican entre los más concientes y organizados del continente, detrás del pueblo boliviano. Pero no hay que olvidar que los procesos de conciencia y organización llevan mucho tiempo, quince años es un período muy corto, y recordar cual fue el punto de partida: el país donde había menos posibilidades revolucionarias de Sudamérica.

Esta herencia no es solo un dato suelto. Cuando en muchos esfuerzos de organización popular advertimos que los dirigentes de base y los servidores públicos que actúan como “facilitadores” carecen de conocimientos básicos de organización popular, cuando vemos reproducirse por parte de funcionarios del Estado y lideres comunitarios prácticas asistencialistas y clientelares, ese punto de partida se hace presente.

Cuando escuchamos la queja de honestos dirigentes de base chavistas sobre “la apatía de la comunidad” sin poder hacerse cargo de su propia incapacidad de convocar y movilizar, sin poder advertir las limitaciones de su “caja de herramientas” para promover conciencia y organización popular, esa carencia inicial se hace visible

Cuando advertimos que en algunas empresas de propiedad social líderes con franela [camiseta] socialista acumulan recursos confundiendo intereses familiares con lo de su comunidad, no debería escandalizarnos como para levantar una denuncia sobre “que esto no es una revolución”, o indignarnos en nombre de la supuesta pureza popular. También estas dos posturas teóricas son tributarias de la orfandad inicial y suelen compartir la ilusión de que sus argumentaciones transforman la realidad.

Los hechos mencionados apenas confirman que en cuestiones de conciencia y organización no existen los bautizos transformadores, ni la magia. Existe el gran obrador de la conciencia que es la lucha de clases, más el trabajo sistemático de formación política y el largo tiempo necesario para que se produzcan esas transformaciones.

Las decisiones sobre la lucha de clases, sus alzas y sus bajas, las toma el pueblo; el tiempo transcurre, no podemos detenerlo ni apresurarlo; la voluntad militante solo puede aportar en el terreno de la formación política, trabajando incansablemente para promover la concientización y la auto-organización popular, sometiendo nuestro trabajo a una permanente revisión autocrítica.

La matriz petrolera

La constitución de 1830 que consagró la traición a los sueños de Bolívar fue redactada por hombres de la clase terrateniente, que era la misma que había sido propietaria de la tierra desde hacía trescientos años, desde los inicios de la época colonial. Fueron las mismas familias que, independizadas de España, seguirían adelante con sus privilegios, reservándose para si la propiedad de la tierra y proponiendo a las masas libertadores que recuperaran sus servidumbres.

El reclamo de los desposeídos encarnado en la guerra Federal encabezada por Zamora fue derrotado por esas mismas oligarquías y cien años después de declarada la independencia, fruto de una traición, asumió el gobierno Juan Vicente Gómez, un hacendado que después de 27 años de dictadura se convirtió en el mas grande latifundista de Venezuela.

Esta historia de cuatrocientos años donde la propiedad de la tierra definía privilegios económicos y poder político, y quien tenía poder político se hacía latifundista, empezó a torcerse a principios del siglo XX, con la aparición de la explotación petrolera. La riqueza pasó del suelo al subsuelo.

Como corresponde a la mentalidad de un estanciero, Gómez manejó el flamante negocio del petróleo con criterio latifundista; repartió tierras petroleras entre sus familiares y compinches, para que estos las negociaran con las empresas extranjeras.

Este último gesto de patrón de estancia cierra un ciclo histórico. Los terratenientes no abandonaran el control de la tierra, continuaran las disputas con campesinos y pequeños propietarios, pero en adelante toda referencia a la economía venezolana y las clases dominantes estarán empapada de petróleo. La aparición del petróleo postergará además la modernización de la agricultura, y promoverá una creciente migración de las poblaciones campesinas a la grandes ciudades, en particular Caracas y Maracaibo.

Movilizada por la necesidad de sustituir exportaciones, la industria venezolana tuvo un desarrollo tardío, con capital de composición extranjera, alta tecnificación y fuertemente asociado al sector externo. Pero aún llegando a emplear un 16% de la mano de obra ocupada en 1960, su incidencia en la economía nunca dejará de ser marginal.

El panorama de una agricultura atrasada, una industria marginal y un prospero negocio minero-petrolero que generaba abundantes ingresos pero poca ocupación, se completó con las masas de sub-ocupados que se agrupaban en las grandes ciudades malviviendo de la provisión de servicios y la venta informal. Las condiciones en que vivían esas masas era de indigencia, total desprotección social y asistencial, proliferación del analfabetismo y pérdida de la cultura de trabajo.

La recuperación de PDVSA por parte del gobierno de Hugo Chávez, que se concretó cuando fue derrotado el paro petrolero en 2003, y la política internacional del gobierno que promovió la recuperación de la OPEP y los precios del petróleo, generaron un desplazamiento parcial de los negocios de la burguesía vinculados al negocio petrolero.

La puntualización parcial hace referencia a que si sectores tradicionales de la burguesía fueron desplazados, hay sectores vinculados al gobierno que empezaron a operar como contratistas o fueron designados al frente de empresas donde empezaron a canalizar intereses privados. La familia Ameliach de Valencia, que maneja PEKIVEN, es representativa de estas modificaciones.

El aumento de los ingresos del Estado por la vía del crecimiento del valor de los ingresos petroleros y la redistribución de esa renta crea dos fenómenos a considerar. Se triplica el PBI per capita y se duplica el consumo popular.

En una economía donde buena parte del consumo era abastecido por redes de importación y comercialización controladas por la burguesía, esta duplicación del consumo se traduce en forma directa como ampliación del negocio burgués. Y esto es así porque está en muchas mejores condiciones para aprovechar este salto de la demanda. A modo de ejemplo, quien tenía una empresa con capacidad para importar y distribuir un contenedor mensual, importa y distribuye ahora dos contenedores.

El crédito bancario con tasas extremadamente bajas destinadas a favorecer la producción agropecuaria, la industria o el turismo, es capitalizado inmediatamente por la burguesía que cuenta con una estructura administrativa-contable, contactos y experiencia financieros. Si en un país con una inflación que oscila entre el 20 y el 45 % le dicen a un burgués que le van a dar créditos al 6% anual, inmediatamente se pone a hacer cola en la ventanilla y después se pone a pensar como va a dibujar la solicitud de crédito.

La mentalidad parasitaría de la burguesía y la sobrevaluación del bolívar fuerte que favorece la importación sobre la producción, completa el círculo donde dineros del Estado van a parar a los bolsillos de los burgueses y terminan favoreciendo las actividades especulativas.

En esa ampliación del mercado del consumo la participación de las fábricas recuperadas, empresas de producción social, cooperativas y otras formas de la nueva economía popular es insignificante. No supera el 2%.

De hecho en quince años de gobierno se ha reforzado la matriz petrolera. El petróleo pasó de representar el 67% del valor total de las exportaciones en el año 1998, al 96% en los últimos años. La contribución de la industria al PBI bajó del 17 % al 13% en el año 2013.

Con razón alguien podrá alegar que esto es producto del abrupto crecimiento del precio del petróleo. Sin embargo no podemos dejar de reconocer que el crecimiento del PBI per capita y la ampliación del consumo popular no han sido capitalizads hasta ahora por la nueva economía popular, ni significaron una ampliación correlativa en la producción.

Como ocurre con los Infocentros que aportando la buena noticia de que generaron un masivo ingreso de jóvenes de extracción popular a Internet, nos comentan la mala noticia de que ampliaron la influencia de las redes sociales manejadas por la burguesía y los centros de poder internacional.

No se trata de retroceder en los avances alcanzados. Se trata que la revolución empiece a modificar esa matriz petrolera, capitalizando los avances que ella misma generó. La baja de los precios del petróleo, que en los últimos meses han perdido un 25% de su valor, es un dato negativo, pero puede alentar un cambio de las orientaciones productivas.

El pueblo venezolano no es el mismo de hace quince años. Ha crecido en conciencia y en organización. Ha erradicado el analfabetismo, ha elevado el nivel educativo de su población y cuenta con la matricula universitaria más alta de Sudamérica.

Las posibilidades en la producción de alimentos son extraordinarias, existe capacidad industrial instalada que está sub-ocupada. Estas condiciones pueden ser capitalizadas.

Un mundo hostil

El proceso bolivariano no se desarrolla en un tubo de vacío.

Se desarrolla en un mundo donde los grandes poderes capitalistas concentrados en el G5 (Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia y Japón) están en una profunda crisis económica y han desatado una loca carrera guerrerista y saqueadora para apoderarse de recurso naturales de la periferia (petróleo, gas, oro, litio, coltan, biodiversidad, agua) y apoderarse de sus mercados internos. Consideran que esta es la única forma de reducir los costos de sus empresas y preservar sus ganancias, desacelerando su declinación.

Venezuela, con las reservas de petróleo más importantes del mundo, con grandes reservas de otros minerales, agua y biodiversidad y con gran cantidad de bosques y tierras vírgenes, es un objetivo de primer orden en ese plan de saqueo. Si quince años atrás existió un imperio distraído, hoy una buena parte de la materia gris de los poderes imperiales esta dirigida a someter a Venezuela y su solitario experimento de transición al socialismo.

Es importante puntualizar esta cuestión de la soledad, que comparte con Bolivia y con Cuba, para no confundirnos con respecto a los aliados de Venezuela.

Lo que se opone hoy a la política guerrerista y saqueadora de los países centrales capitalistas son los países emergentes, que mediante las integraciones eurasiáticas y latinoamericanas buscan desarrollar mercados comunes tratando de ponerse a salvo de la declinación abrupta de los países centrales. La mayor expresión de esas alianzas es el BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) que ya ha conseguido equiparar al G5 (cada uno representa aproximadamente el 30 % del Producto Bruto Mundial).

La sola mención a quienes son las locomotoras de los países emergentes nos permiten advertir que la disputa mundial no es una disputa de sistemas (capitalismo vs. socialismo) sino de intereses, y donde las políticas de saqueo, con niveles de agresividad y guerrerismo diferente, están presentes en los dos bloques.

Para no caer en falsas ilusiones es bueno revisar el papel de las inversiones de China y Brasil en África. Para no caer en el error opuesto, Venezuela se alía con los únicos aliados posibles y su activa participación en la construcción de iniciativas regionales como UNASUR o CELAC, le ha permitido construir un paraguas de protección política sin el cual difícilmente hubiera sobrevivido. Ha aprendido la lección de las consecuencias del aislamiento geopolítico que dejó la experiencia de Paraguay en el siglo XIX.

Es imposible hacer un análisis político de la realidad del proceso bolivariano, de sus múltiples problemas y dificultades, si no se tiene en cuenta este escenario internacional.

La guerra económica, las iniciativas de desestabilización política, el accionar terrorista con inclusión del paramilitarismo colombiano, la red mundial de medios complotada para demonizar a Venezuela, la conspiración de las guarimbas, los lazos que vinculan a la casi totalidad de la dirigencia de la oposición con intereses imperiales asociados a las políticas de saqueo, no son inventos del gobierno.

Se puede y es valioso polemizar sobre las políticas asumidas por el gobierno para enfrentar estas amenazas o identificar los puntos débiles del proceso bolivariano que facilitan el accionar de las políticas imperiales. Negar o relativizar este escenario nos conduce a un autismo suicida.

Un año político muy difícil

No ha sido fácil para el gobierno bolivariano transitar este año 2014. Tampoco ha sido fácil para la oposición que comprometió enormes esfuerzos para desestabilizar el gobierno. Cuando estamos finalizando el año la imagen del gobierno y la oposición es la de los dos boxeadores muy cansados, que ya se tiran golpes por compromiso, pero concientes que difícilmente podrán mandar a su rival a la lona.

El gobierno ha ganado este round, por puntos. Pese a sus dificultades luce mas entero, mantiene el control del centro del ring.

La situación de la oposición es mucho más débil, se arrastra por los rincones profiriendo amenazas que no puede cumplir. “La salida” fracasó y el conjunto de la oposición quedó comprometido con un fracaso que dejó como saldo más de cuarenta muertos. Leopoldo López, el principal dirigente de los grupos mas radicalizados, está encarcelado y mas allá de reclamos internacionales no se ha creado internamente un movimiento que reclame su libertad.

Lo más ingenioso que hicieron fue pretender utilizar una maratón para dar un poco de masividad a su reclamo. Pero a esa maratón la terminó ganando un corredor del barrio popular 23 de enero, que llegó a la meta levantando un afiche de Robert Serra [el joven diputado asesinado junto a su esposa]. Otra de sus dirigentes, María Corina Machado, perdió su banca de diputada. La unidad de la MUD ha quedado deshilachada en tendencias dispares que ni siquiera pueden ponerse de acuerdo en el trazo grueso de la orientación a seguir.

Hay otra victoria del gobierno, poco comentada, que se refiere a los cambios realizados en el gabinete. Los cambios han sido importantes. Una figura considerada intocable como Rafael Ramírez, de reconocidos servicios al proceso bolivariano, un poco opacados en los últimos años, fue desplazado del control de PDVSA y del área económica. El Ministro de Interior y Defensa Rodríguez Torres, cuestionado en voz baja -lo que daba cuenta de su poder- por la continuidad de prácticas de la vieja policía, fue reemplazado en su cargo por la Contralmirante Carmen Meléndez, de muy buena imagen pública. También fue reemplazada de Delci Rodríguez por Jacqueline Farias [como ministra de Comunicación e Información].

Estos movimientos provocaron algunos enroques donde, entre otras decisiones, se preservó la continuidad de un intelectual fuerte como Reinaldo Iturriza en el gabinete.

Visto en conjunto me parece que hay una mejora en el nuevo gabinete que ha ganado en gestión, coherencia política e imagen pública.

Los golpes provocados por el terrorismo y en particular el asesinato de Robert Serra y María Herrera han provocado un efecto contrario al deseado por sus autores. El chavismo ha cerrado filas en torno al único liderazgo posible que es el del presidente Nicolás Maduro, quien, digámoslo de paso, no siendo Chávez ha demostrado estar a la altura de circunstancias muy difíciles.

Los que vemos el proceso bolivariano desde miradas surgidas en otras experiencias tenemos otras posibilidades de comparar procesos y liderazgos. Y desde esas miradas no podemos dejar de caracterizar a Chávez como un líder que parece surgido de otro mundo, y valorar al núcleo dirigente que lo acompaño, de quien Nicolás Maduro es su mejor expresión. Son personas muy jóvenes, que se formaron políticamente en un país donde desde el punto de vista de la lucha de clases, a excepción del Caracazo, no sucedieron acontecimientos extraordinarios, y en tiempos políticos (los 80 y los 90) en que la izquierda mundial entraba en reflujo.

Es bueno comparar el mundo que le tocó transitar a Maduro con el que le tocó transitar a Mujica, el actual presidente uruguayo, que tuvo el privilegio de ser protagonista de todo el ascenso de luchas mundiales de los 60 y los 70. Y analizando comparativamente esos liderazgos, vuelven a repetirse los resultados obtenidos cuando comparamos las distintas experiencias populares de países Nuestramericanos. En Venezuela, con mucho menos, se hizo mucho más en términos de avance revolucionario.

A Maduro le ha tocado ponerse en los zapatos de Chávez, y ha podido caminar. Lo que no es poco.

Este análisis resultaría incompleto si no agregáramos otros aspectos que son parte sustantiva y preocupante del proceso bolivariano.

La inflación ha deteriorado la capacidad adquisitiva de la población y la escasez de algunos productos han fomentado las desalentadoras colas. El retroceso en los niveles de consumo, la persistencia de prácticas burocráticas y nichos de corrupción y de algunos males endémicos como la delincuencia, provocan descontento en la base popular del chavismo y promueven la desmovilización.

El descontento popular esta muy lejos de las imágenes distorsionadas que se muestran en el exterior, pero existe. Se expresa en una caída de la participación popular en las convocatorias cotidianas que realizan los consejos comunales, los comités de aguas o de tierras, las instancias partidarias. La muy buena iniciativa de los Gobiernos de Calle empieza a desgastarse con el tiempo, generando la ilusión de un pueblo movilizado, sin advertir que cada vez mas esa movilización esta determinada por la posibilidad de que en esas instancias se aprueben recursos. La participación se despolitiza. Los vendedores de botes de humo empiezan a tomar relevancia frente a los organizadores y a los maestros populares

Seguramente el Plan de la Patria, convertido en ley por la Asamblea Nacional, marca un rumbo estratégico, pero no aparece una orientación de movilización clara, ni desde el gobierno ni desde los movimientos populares.

En la desmovilización empieza a valorarse el tipo de militancia y discurso político que encarna una figura polémica como la de Diosdado Cabello, que aparece frente a muchos sectores populares como un duro, algo así como un Stalin criollo, que no promueve protagonismo popular, pero que garantiza que no habrá negociación con la oposición, ni vuelta atrás.

Su contracara es la exaltación del centro político que promueve José Vicente Rangel, con una propuesta que promueve el acercamiento con sectores “blandos” de la oposición como Henry Falcón, lo que suena a algo así como a una propuesta de acuerdo político que blindaría al país de las amenazas desestabilizadoras y conservaría las conquistas del chavismo, pagando el precio de despolarizar y no profundizar el proyecto bolivariano. Esta línea de “congelar la revolución” para “defender los avances” está en sintonía con la orientación política de un sector de la izquierda latinoamericana, que en nombre de”ser inteligentes” frente a la ofensiva de EEUU y la Alianza del Pacífico nos proponen mirarlos de rodillas y protegernos con alianzas con las burguesías locales.

Mas allá de no compartir estas opciones, me parece que la cuestión es hacer una justa apreciación sobre el descontento y la desmovilización popular como pérdida de energía creadora del proceso bolivariano, y no tanto como posible amenaza de ser capitalizadas por la oposición. La apatía política se redobla frente al mensaje opositor, que ha sufrido una fuerte derrota política y ha perdido credibilidad.

En un sistema de gobierno que se legitima electoralmente y seguramente lo va a seguir haciendo por muchos años, mal que le pese a los delirios fascistas, lo más probable es que el gobierno siga acumulando triunfos electorales, y solo habrá que lamentar un crecimiento de la abstención.

Desde una valoración de que hay problemas, pero no estamos desesperados, se puede confrontar con aquellas iniciativas que, en nombre de las urgencias patrióticas, proponen salidas desde arriba que desvirtúan el rumbo del proceso bolivariano. Descartadas estas opciones “salvadoras” se puede concentrar esfuerzos en ocuparse de las cuestiones que si merecen atención prioritaria.

Si es indudable que el gobierno ha demostrado capacidad de gobernar sorteando enormes dificultades, conspiraciones y problemas estructurales, apuntándose éxitos muy palpables como son los golpes dados a las redes del contrabando, quedan pendientes cuestiones de mediano plazo como es el de resolver el problema de la sobrevaluación del peso que favorece la importación sobre la producción, corregir el precio de los combustibles y meter mano a las empresas estratégicas fuertemente impactadas por la ineficiencia y la corrupción.

Hay cuestiones pendientes como avanzar en una planificación socialista que sea capaz de integrar esfuerzos de orientación socialista que están desarticulados, evitando que los vacíos sean aprovechados por el capitalismo para manejar tramas productivas, comunicacionales o de ciencia y tecnología desalentando o desvirtuando esos esfuerzos.

La articulación entre las incipientes comunas, los aguerridos conucos, las empresas recuperadas y de propiedad social, los esforzados innovadores y sabios populares y las iniciativas de gestión transformadoras desde el viejo Estado debe convertirse en una preocupación del primer orden, porque la disociación es funcional a la metabolización del sistema capitalista. Como bien decía Cháve,z los esfuerzos que están desarticulados “el sistema viejo se los traga. Es una gigantesca ameba, es un monstruo, el capitalismo”

La formación política también es un asunto de mediano plazo y haciendo un balance de este año difícil, se advierte que como nunca se hablado de formación política, en entrevistas, en resoluciones, en grandes anuncios. Cuando vamos a los hechos concretos, como talleres o actividades de formación política realizados en los territorios, el panorama es desolador. La formación política, no luce, no parece urgente, no permite montar escenarios televisivos, pero aporta a destrabar nudos en las organizaciones populares de base territoriales, en las empresas de propiedad social, en las industrias y en la administración pública. También permite ampliar y elevar políticamente el contingente de militantes y cuadros que contribuirá a fortalecer las articulaciones, las tareas que impone una planificación socialista y seleccionar tropas de refresco para asumir responsabilidades estratégicas.

Ausente el gran formador Chávez, mas allá de los encendidos discursos y los grandes anuncios, queda claro que la cuestión de la formación política esta pendiente. La ejecución de planes formativos no ha alcanzado ni siquiera a los servidores públicos.

Los limites estructurales del proceso bolivariano

Algunos compañeros con buen criterio han planteado su preocupación sobre el ejercicio de la democracia participativa dado que en una economía donde la matriz petrolera es dominante, las comunidades tienen un piso productivo muy bajo y finalmente las decisiones políticas se toman en las estructuras mas concentradas y verticalizadas del Estado Venezolano

Este diagnóstico como foto de la realidad me parece muy acertado. Sin embargo me parece importante verlo en su desarrollo histórico y perspectivas.

Hay una mirada negativa bastante extendida sobre los intentos realizados por Chávez de transferir recursos al pueblo para que pusiera en marcha emprendimientos productivos a partir de la Misión Vuelvan Caras y otras iniciativas similares. Se afirma que la mayoría de estos emprendimientos fracasaron, que mucho dinero fue dilapidado y que solo sirvieron para ejecutar un poco de distribución social, con el agravante que los recursos se distribuyeron en forma desigual.

La experiencia realizada en la Argentina, a menor escala, pero donde incluso los proyectos contaban con la ventaja de que fueron conquistados con movilización, lo que presuponía algunos niveles previos de organización, nos permiten tener otra mirada.

No es sencillo pasar de experiencias capitalistas, de trabajo con patrón, o sin experiencia de empleo previo, a experiencias cooperativas o autogestionarias. Muchas veces desde nuestra propia experiencia concluíamos que era mucho mas fácil rebelarse e incluso organizarse para enfrentar a la represión en la calle, que organizarse para trabajar sin patrón. En una sociedad como la venezolana donde durante generaciones el modelo rentista petrolero rompió la cultura del trabajo, ese desafío era mucho mas difícil. Las consecuencias entonces eran previsibles y en todo caso corresponde valorar los proyectos que sobrevivieron, porque esa experiencia acumulada puede proyectarse.

Si seguimos preocupándonos por el desarrollo endógeno de base comunal junto a reconocer que el piso es muy bajo, corresponde aceptar que ese piso no es el mismo del que partimos hace una década. Me animo a afirmar que en todos los rubros que abarcaron estos emprendimientos productivos existe por lo menos una experiencia exitosa, de la que podemos obtener aprendizajes y además se puede proyectar, asignándole nuevas responsabilidades.

A partir de esa nueva realidad, ese nuevo piso, la cuestión de promover el desarrollo endógeno de base comunal ya no puede poner el acento en lo redistributivo, sino en el reconocimiento de las capacidades demostradas. En ese reconocimiento debemos transformar a las experiencias exitosas en escuelas de formación productiva, que permitan capacitarse a quienes quieran iniciar una experiencia similar (por ejemplo realizando pasantías). Pero ese reconocimiento debe además validar la asignación de responsabilidades y recursos para incidir decisivamente en la trama productiva correspondiente.

A modo de ejemplo. A quien demostró capacidad de criar pollos o ponedoras, hay que proponerle (y darle recursos para que lo haga) que resuelve el problema de la fabrica de balanceados, la cría de pollos BB, y el manejo de los acopios con cavas de frío. Hay que proponerle y apoyarlo para que dispute al capitalismo los nudos estratégicos de la trama productiva.

A quien demostró que es capaz y eficiente para plantar y cosechar maíz hay que proponerle que se haga cargo de la producción de semillas, de la producción de fertilizantes naturales y de los centros de acopios.

No hay posibilidad de elevar el piso productivo con políticas distributivas al estilo del Banco Mundial que avala miles de pequeños proyectos, para distender los cambios abruptos como son los despidos causados por las privatizaciones, mientras se gestan miles de fracasos previstos anteriormente. En un país cuyo índice de vida es considerado alto es justo atender a los que quedaron muy retrasados (Base de Misiones) pero lo central de la política no puede ser atender necesidades, sino de reconocer capacidades que permitan sostener y elevar a mediano y largo plazo esos índices que nos enorgullecen.

Como comentario adicional agregaría que la posibilidad de elevar ese piso productivo que permita sustentar el autogobierno comunal y la democracia participativa en las zonas de producción agropecuaria nos exige desnudar algunos mitos, que solo aportan a confundirnos.

El primero de ellos es que los ingresos de las comunidades campesinas son tan desalentadores que las personas eligen irse a vivir a la ciudad porque pueden vivir un poco mejor. Es cierto que los jornales en el campo son muy bajos, pero aquellas comunidades que tienen acceso a la tierra y posibilidades de plantar (y en Venezuela con gran cantidad de tierras baldías y fiscales hay muchas posibilidades) pueden vivir satisfactoriamente. Quien vive en el campo tiene asegurada la casi totalidad del alimento y los precios actuales del café, del cacao, de las hortalizas, los vegetales y las frutas son muy buenos. Hoy la emigración a las ciudades tiene más razones culturales que económicas y hay muchas familias que están regresando al campo.

El segundo mito es que no hay producción, que en el campo no se produce nada. Hay producción comunal, de campesinos, de pequeños productores, etc. El problema es que los nodos estratégicos de las redes de producción, distribución y comercialización la manejan los capitalistas, que fijan los precios a su antojo y convierten a los productores en subordinados a riesgo propio.

El tercer mito es que una economía socialista de base comunal es algo muy lejano porque toda la producción debe estar garantizada por la comunas. Si los nodos estratégicos de las tramas de producción, distribución y comercialización la manejan las comunas, se puede incluir, subordinándolas, a producciones de pequeños y medianos productores capitalistas.

¿Comunas o nada?

La intervención del Comandante Hugo Chávez en el Consejo de Ministros el 20 de octubre de 2012, trazó un rumbo políticos que permitió asociar la construcción de las comunas y del espíritu comunal con el porvenir del proyecto del Socialismo del Siglo XXI en construcción en Venezuela. La consigna “Comunas o nada” sintetizaba esa orientación. Cuando han pasado dos años de esa intervención me parece interesante hacer un balance de lo avanzado en ese terreno.

La experiencia desarrollada por el Ministerio del Poder Popular para las Comunas y Movimientos Sociales durante la gestión 2013-2014, promoviendo y facilitando el desarrollo de la organización popular, puede cualificarse con el dato de que en poco más de un año se constituyeron más de 800 comunas. Esa experiencia fue demostrativa de cómo se concretan las potencialidades populares cuando las estructuras del Estado se convierten en punto de apoyo para desarrollar sus iniciativas.

Dos años después del Golpe de Timón puede decirse que la cuestión de las Comunas sigue siendo un tema importante en la agenda de gobierno, pero ya no el tema principal.

¿Qué sucedió? Unos dirán que el crecimiento de las Comunas generó fuertes resistencias en el PSUV y en algunas Alcaldías y Gobernadores que vieron amenazado sus poderes y privilegios. Agregando que, como consecuencia de esa resistencia, el Presidenta Maduro cambió la orientación traicionando el mandato de Chávez.

Otros dirán que, en realidad, lo del poder comunal no tenía sustento real en la movilización de las bases populares y que en la mayoría de los casos la construcción de Comunas fue producto de que despoblados Consejos Comunales se juntaran para obtener recursos.

También estarán los que afirmaran que en un país sometido a guerra económico y fuertes intentos de desestabilización lo urgente era afianzar el gobierno (la gestión del viejo Estado) dejando para adelante esfuerzos estratégicos que, en lo inmediato, eran conflictivos porque generaban tensiones en la necesaria “Unidad” de las fuerzas chavistas.

Finalmente agregaría a quienes afirman que los sucesores de Chávez tienen una percepción más conservadora con respecto a las potencialidades populares para actuar en la coyuntura y se sienten más seguros con respuestas políticas controladas desde el gobierno, que con una apuesta a lo que genere la movilización popular desde las bases.

Francamente creo que en un problema complejo lo mejor es eludir las respuestas simplistas, y que en todas las afirmaciones planteadas hay un poco de razón.

El crecimiento de las comunas molesta a sectores burocráticos del chavismo, la convocatoria a construir comunas no es una palabra mágica que desata los nudos que frenan la movilización popular, en una situación de emergencia mantener la unidad es necesario, Maduro es mas conservador que Chávez.

Lo que si me parece necesario puntualizar es que aquella convocatoria de Chávez, “Comunas o Nada”, sigue vigente y que deberá ser encarnada en un trabajo sistemático y profundo por todos aquellos que sigan apostando a este experimento revolucionario desde una perspectiva socialista, de emancipación humana.

Corresponde celebrar las iniciativas que se impulsen desde el gobierno, o criticar las ausencias, pero la cuestión de la construcción de las Comunas es necesariamente una tarea del pueblo y sus vanguardias, que aún dispersas, no pueden eludir sus responsabilidades.

Esa tarea debe generar su propia agenda que debe articularse con el Estado y puede coincidir puntualmente con la agenda de los que gobiernan, pero no puede ser la misma.

Convertir a la construcción de las Comunas en el tema principal y a las Comunas en las locomotoras del proyecto socialista no se decreta, se construye cotidianamente desde el lugar bajo el sol que nos toca o elegimos para desarrollar nuestra militancia.

lahaine

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