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Capitalismo: un sistema de corruptos y corruptores

La serie de revelaciones de nuevos escándalos de corrupción no tiene fin. Dos semanas después de las tarjetas opacas vino la operación púnica, donde están imputados cuadros y alcaldes del PP. En el Estado Español, mientras cerca de tres millones de menores (uno de cada cuatro) sufren los efectos de la pobreza, la carencia y la exclusión, hay personas para quienes “varios pagos de 70.000 euros” en dinero negro forman parte de su cotidianidad. Basta tomar conciencia de esto para cargarnos de razones suficientes para rebelarnos contra este asqueroso sistema.

Rajoy puede pedir mil disculpas, pero esto sólo provoca indignación.

El problema es que el discurso público contra la corrupción se limita sólo a la mitad de la ecuación: a los corruptos, o sea, los políticos. Pero la otra mitad de la ecuación es más importante, y tiene que ver con los corruptores, o sea, los capitalistas, empresarios, banqueros, “inversores” y todos los que dicen que nos sacarán de la crisis.

Un político recibe millones en dinero negro porque hay un empresario que se los da. Cuando un empresario quiere hacer una inversión sabiendo que a través de ella puede sacar un beneficio de 5 millones de euros, no le cuesta mucho regalar medio millón a algunos burócratas, ministros etc. para asegurar la inversión. Esto forma parte del “espíritu empresarial” del cual están tan orgullosos los capitalistas.

Contra los buenos deseos de los moralistas, la verdad es que mientras en un lado existan personas que posean millones de euros acumulados, en el otro existirán políticos y funcionarios que caerán en la tentación de llenar con estos sus bolsillos. Pero seamos claros, el mayor escándalo es los millones acumulados, no la pequeña parte de estos que va a los corruptos. El dinero que se mueve en la corrupción de políticos no es nada comparado con los millones de millones que han ido a parar al rescate de los bancos. Pero todo esto oficialmente no es corrupción, es “ayuda a la economía”.

El segundo asunto que se queda fuera del discurso público sobre la corrupción es el carácter antidemocrático de las instituciones. La corrupción ocurre porque las decisiones importantes sobre nuestras vidas se toman en despachos cerrados, sin la participación de la mayoría de la gente. Pero tenemos que tener en cuenta que esto no pasa sólo con los gobiernos y los políticos. Pensemos cuánta corrupción existe en el ejército, pero ahí supuestamente se necesita la confidencialidad por la “seguridad del estado”, o en la policía, pero ahí es la necesidad del “orden público”, o en la Iglesia, pero ahí es el “respeto a los valores cristianos”. El capitalismo es un sistema en el que a todos los niveles las decisiones se toman lejos de las personas a las que afectan.

Pero, de nuevo, no debemos olvidar la otra parte de la ecuación. Las más antidemocráticas no son las instituciones estatales, sino las empresas. La sede del gran robo está en las oficinas de los grandes empresarios, donde detrás de puertas cerradas, se decide cuántos trabajadores van a despedir, qué parte del medio ambiente van a destruir y, por supuesto, a qué políticos van a sobornar. Todas estas reuniones secretas son legales porque en el capitalismo lo más sagrado es la propiedad privada y los “secretos empresariales”.

Muchas veces se refieren a países de África o de América Central como los peores ejemplos de corrupción. Pero se olvidan de que el corruptor es el mismo que aquí, las grandes empresas (en su mayoría estadounidenses y europeas, entre ellas españolas), que pueden comprar desde dictadores hasta presidentes elegidos democráticamente. Veamos, por ejemplo, el último caso de la “operación púnica”. Dice El País: “según el juez logró obtener de manera supuestamente irregular la adjudicación de “numerosos” contratos públicos que en algunos casos alcanzaron los 100 millones de euros, en su mayoría para la empresa de eficiencia energética Cofely, filial del gigante francés EDF Suez.” Cofely es una empresa con 2.450 empleados en el Estado Español, y Suez tiene 77.000 empleados en 30 países. O sea, no es el “subdesarrollo” lo que genera la corrupción, sino lo más avanzado del capitalismo mundial.

Hay una pregunta que tenemos que contestar. Si el capitalismo en general genera corrupción, ¿por qué es ahora cuando vemos esta explosión de casos de corrupción? La respuesta tiene dos partes. Un primer motivo es la crisis económica. Corrupción existe siempre, pero cuando el capitalismo parece funcionar, se esconde más fácilmente. Durante la burbuja, con el dinero corriendo por todas partes, es obvio que el dinero negro alcanzaba un nivel récord. Pero cuando todos tienen beneficios, todos callan. Ahora los capitalistas se resienten y los agujeros en las cuentas salen a la superficie.

La segunda razón es la crisis política y el miedo que tienen a la nueva radicalización que se expresa a través de las luchas y de iniciativas como Podemos. Miremos lo que dicen El País y Esperanza Aguirre: “La sucesión de escándalos que afectan directamente al partido tiene conmocionados especialmente a los alcaldes y dirigentes territoriales, los primeros que se van a enfrentar a unas elecciones. “Se lo estamos dando todo hecho a Podemos”, resumió la expresidenta madrileña Esperanza Aguirre. En ese ambiente, diversos dirigentes están trasladando a la cúpula y a Mariano Rajoy que tiene que limpiar el partido y frenar la sangría, según varios de los consultados.”

O sea, una parte del principal partido de la corrupción (PP) quiere destapar a algunos de sus amigos corruptos para salvar su propio futuro político. En la misma línea van las propuestas del otro partido de la corrupción (PSOE), que propone coordinación con el PP contra la corrupción. Lo que intentan es limpiar un poco su guarrería, meter la basura bajo la alfombra para engañarnos y seguir con el mismo sistema.

No nos van a engañar. No tenemos ninguna confianza en que los partidos del capitalismo vayan a combatir su propia corrupción. No tenemos ninguna confianza en ninguna de las instituciones capitalistas, la justicia, la policía. Los jueces son de la misma casta que los políticos y los capitalistas. Prefieren meter en la cárcel a los pobres que se buscan la vida en la basura que a Urdangarín y a la Infanta, que pueden seguir viviendo rodeados de riqueza hagan lo que hagan con dinero público.

Acabaremos con la corrupción cuando acabemos con este sistema. Un sistema en el que según el último informe de la ONG Oxfam: “los tres españoles más acaudalados duplican en riqueza a los nueve millones de personas que forman el 20% de la población más pobre del país” Acabaremos con la corrupción cuando las decisiones no las tomen los jefes y los políticos, sino las asambleas democráticas de los y las trabajadoras que controlarán todos los medios de producción para nuestras necesidades, sin la locura del beneficio, sin ricos y sin pobres.

En Lucha

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