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Leemos las memorias de Aznar para que tú no tengas que hacerlo


Pérfido Chirac

Si hay algún málvado en el libro de José María Aznar, ese es Jacques Chirac. El presidente francés es la antítesis de las ideas de Aznar sobre la Unión Europea y las relaciones con EEUU. Sus contactos personales son tensos. Su comunicación personal, casi inexistente. Chirac quiere mantener incólume el eje franco-alemán en la UE y Aznar se niega a aceptar lo que considera que supone una postergación del papel de España, es decir, de la España presidida por él: "También hablamos de Estados Unidos, un asunto en el que Chirac, cada vez que nos veíamos, se mostraba más y más obsesivo. Ni entendía a los norteamericanos ni se esforzaba por entenderlos. Parecía considerarlos seres irracionales, incapaces de comprender nada".

Por el contrario, Aznar insiste en numerosas veces que España debe proyectarse hacia el Atlántico, como en los tiempos del imperio. "Yo no puedo entender a España (...) sin el Atlántico". Dice que España "alcanzó la modernidad política con un proyecto de libertad elaborado por españoles de "ambos hemisferios", en feliz expresión de la Constitución de Cádiz". No hay ninguna mención a la brevísima experiencia liberal de esa Constitución, destruida por las fuerzas conservadoras, la monarquía de Fernando VII y la influencia de la Iglesia.

Euforia en las Azores

No cabe duda de que todos los movimientos de Aznar en la UE tienen como objetivo situar a España en una posición de primer nivel. "El lugar de España era con los grandes. España tenía y tiene que estar entre los grandes". Todos sus conflictos con Chirac y Schröder proceden de esa aspiración. Por eso, el momento culminante de su presencia internacional, el momento en que su ego es incontenible, es la cumbre de las Azores, la reunión que mantienen Bush, Blair, Aznar y Barroso en la isla portuguesa justo antes de la invasión de Irak.
Aznar confirma que la intención de Bush era celebrar la cita en las islas Bermudas, mucho más cerca del territorio norteamericano. Aznar se opuso "por las connotaciones que pudiera tener" y propuso las Azores. Tony Blair ya había contado entre perplejo y divertido en sus memorias que la oposición de Aznar era porque en España se conoce con ese nombre a unos pantalones.
La decisión de invadir Irak está ya tomada. No se toma en las Azores ninguna decisión dramática y sólo sirve para hacer público el ultimátum a Sadam Hussein. Pero para Aznar eso es tocar el paraíso: "La Cumbre de las Azores marcó el punto más alto de la relevancia internacional de España y tuvo importantes consecuencias. Nuestra cooperación con Estados Unidos se afianzó aún más en áreas para nosotros muy importantes, singularmente en la lucha antiterrorista".

Las armas inexistentes

Su conexión personal con George Bush es inmejorable. Aznar sostiene que Bush le llama todos los días durante la guerra para informarle sobre la marcha de las operaciones militares. Antes cuando le visita en el rancho texano de Crawford, cuenta que Bush le deja asistir al "briefing" diario que un alto cargo de la CIA entrega al presidente de EEUU sobre asuntos de seguridad nacional.
Aznar no detalla las pruebas con las que EEUU justificó la invasión. Sobre la existencia de armas de destrucción masiva, dice que el dictador iraquí no había facilitado desde hace años información veraz "sobre su capacidad armamentística", y que los informes de la ONU afirmaban que Sadam conservaba armas químicas y bacteriológicas.
La ausencia total de esas armas no es un tema en el que Aznar quiera extenderse. De hecho, casi ni siquiera lo cita, como tampoco recuerda la entrevista que dio a Antena 3 en la que prometió a los españoles que esas armas existían. Lo único que llega a decir es que "hoy todo indica que Sadam había unido su suerte a que los demás creyeran que tenía esas armas porque pensaba que de ese modo se aseguraba de que nunca produciría una intervención contra él". Como no fue ese el caso, Aznar decide que el culpable de la invasión era Sadam.

"Demagogia pacifista"

Aznar no comenta las masivas manifestaciones producidas en España contra la invasión, así como en otros países. Lo que sí hace es culpar a la oposición del crispado debate político producido en esos momentos: "Se lanzaron gustosos a la vieja demagogia sentimental y pacifista; a una retórica hueca tejida sobre banalidades y falacias". Él dice tener una idea de España y de su papel en asuntos de seguridad internacional; para el PSOE, Irak sólo es "un arma" contra el Gobierno.
Según Aznar, "los socialistas vieron en la crisis de Irak una gran oportunidad política para asomar la cabeza, y no estaban dispuestos a desaprovecharla". Cuando Zapatero anuncia la salida de las tropas españolas de Irak, tras ganar las elecciones de 2004, Aznar no puede contener la ira: "Las declaraciones de Zapatero sobre la retirada de las tropas de Irak han sido desoladoras (...). El daño para España es extraordinario".

Las muertes de Couso y Anguita

Aznar cita las muertes de Julio Anguita Parrado y José Couso en la guerra. Sobre el primero, dice que escribió una carta a su padre, pero el líder de IU no le contestó ni quiso ponerse al teléfono. Del ataque al Hotel Palestina y la muerte de Couso, dice que "fruto del trágico error de un militar norteamericano que confundió la cámara del periodista español con el arma de un francotirador iraquí". No es cierto. Esa no es la versión que dio la unidad que disparó sobre el hotel, que alegó haber visto a una persona que estaba observando con unos prismáticos y dirigiendo el fuego enemigo sobre los tanques.
No menciona la existencia de investigaciones judiciales en Audiencia Nacional ni la imputación de los tres militares norteamericanos implicados en el ataque.

Amenazas a Marruecos

El estilo desabrido de Aznar en sus relaciones con líderes extranjeros no admite excepciones. No se corta ante nadie. La diplomacia aznariana no está exenta de amenazas veladas, a veces bastante explícitas. Con Marruecos, siempre hay una relación intensa, además de una larga lista de problemas que va heredando cada Gobierno. En una reunión con Hassan II el ambiente se torna complicado cuando el entonces monarca marroquí se refiere a la reivindicación de Ceuta y Melilla. Utiliza la palabra guerra –escribe Aznar– pero sólo para decir que Marruecos nunca recurriría a ella.
Pero para Aznar eso es una provocación, no un motivo para alegrarse: "Su comentario me pareció fuera de lugar y decidí replicar: 'Me parece muy bien su postura, porque, de hacer la guerra a España, Marruecos la perdería'".
En ese contexto, no es extraño que ante la crisis de Perejil, Aznar opta sin dudarlo por la vía militar. La aparición de unos policías marroquíes en un islote donde antes sólo había cabras desata la crisis. Descarta utilizar a agentes de la Guardia Civil porque ni siquiera se sabe cuántos gendarmes hay en la isla ni con qué armamento cuentan, lo que le permite deslizar una crítica al CNI, ya que es "insólito" que los servicios de inteligencia no supieran nada.
Se da la circunstancia de que los tres jefes de Estado Mayor están a favor de la intervención militar que quiere Aznar, pero no el jefe de todos ellos, el Jemad. Al final, la operación es un éxito, lo que para Aznar tiene una importancia suprema: "Renunciar a Perejil hubiese sido un primer paso hacia la renuncia de Ceuta, Melilla, las islas o los peñones". Cómo se podía pasar de ceder un islote deshabitado (sin contar a las cabras) a renunciar a dos ciudades donde viven 164.000 personas es un salto notable que el libro no se molesta en explicar.
No desaprovecha la oportunidad de acusar a Zapatero de propiciar indirectamente el asalto marroquí a Perejil con su visita a Marruecos en diciembre de 2001 cuando las relaciones entre los dos países eran pésimas.
Aquí también aparece Chirac en el inevitable papel de enemigo. Francia, aliada tradicional de Marruecos, quiere que España adopte las tesis marroquíes en relación al Sáhara. "Tratas a Mohamed [VI] peor que Sharon trata a los palestinos", le dice Chirac en una cumbre.

Yak-42: las injurias más graves

En su relato del accidente del Yak-42 en Turquía, en el que murieron 62 militares españoles destinados en Afganistán, el mayor espacio se dedica a relatar las críticas recibidas por el Gobierno, que parece ser la mayor víctima. Para Aznar, el siniesto fue sólo un accidente del que su Gobierno no tuvo ninguna responsabilidad. Y sin embargo, la descripción que hace del entierro es tremenda. Acebes y Trillo "fueron insultados de manera brutal e injustificable". "Hubo quien profirió cosas atroces. Alguien a tres metros de mí me lanzó las injurias más graves que nunca he recibido".
¿Cómo podía haber ocurrido esto? "Había hecho mella en la sociedad española la demonización del Gobierno".
En tres frases, Aznar se refiere a los errores en la identificación de la mitad de los cadáveres. Dice que tres militares fueron condenados por ello, pero no acepta ninguna responsabilidad política en el Ministerio de Defensa. Las prisas de los altos cargos del Ministerio por repatriar los cadáveres y enterrarlos no aparecen citadas por ningún lado por razones obvias.

Infantas desoladas

Aznar tuvo unas relaciones con el rey más distantes que otros presidentes del Gobierno, pero quiere destacar que algunos miembros de la familia real sintieron profundamente su despedida del poder: "A mediodía el teléfono suena mientras Ana y yo almorzamos solos. La infanta Cristina con palabras de aliento y cariño por la "injusticia terrible" que dice estoy sufriendo. Luego se pone la infanta Elena y me dice casi lo mismo, porque no termina y se echa a llorar".

Un detalle sobre Rajoy

No es que tenga mucha importancia pero desliza un detalle poco edificante sobre Rajoy: "He ido a ver al jefe del grupo de asalto de operaciones especiales herido ayer, y he asistido al funeral por el GEO muerto (en el asalto a la casa de Leganés donde estaban los terroristas del 11M), acompañado por Acebes. Rajoy no quiere ir, pero al final va".
elDiario.es

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