Imagen del sacrificio humano y regreso a la barbarie


por Jean-Claude Paye, Tülay Umay
La exhibición de las imágenes del linchamiento de Muammar el-Kadhafi ilustra la verdadera entraña de nuestras sociedades, nos paralizan y nos conminan a deponer las armas. Ese sacrificio es síntoma de un regreso a una sociedad matriarcal, a un «estado natural». Al paralizarnos en una violencia sacralizada, esas imágenes nos demuestran que el Imperio estadounidense constituye una regresión inédita en la historia de la humanidad. Nos demuestran también que el objetivo de esta no es sólo la conquista de un objeto, ni el saqueo del petróleo y de los fondos libios sino también, como en la época de las cruzadas, la destrucción de un orden simbólico en provecho de una máquina de producir beneficios, de un capitalismo desencadenado.
En el momento de la difusión de las imágenes del linchamiento de Muammar el-Gaddafi, nuestros dirigentes dieron muestras de un extraño placer. «Strange Fruit» [1], dichas imágenes traen de inmediato a la mente el recuerdo de otras, las del ahorcamiento de Sadam Husein, ejecutado precisamente el día del Aid al-Adha, la fiesta musulmana del sacrificio. Ambos casos nos sumergen en una estructura religiosa que, al sustituir el sacrificio del carnero [2] por el sacrificio humano, restaura la imagen primitiva de la diosa-Madre. Invierte además el Antiguo Testamento y anula el acto de la palabra. Esta religión sin Libro se reduce al fetiche [3].
Carece de Otro y de Ley. Es una simple invitación al disfrute de la muerte como espectáculo.

Gracias a la imagen, la voluntad de poderío se hace ilimitada. La transgresión deja de tener límites, como en el rito del sacrificio, en el espacio y el tiempo y se hace constante. Se hace eco de la violación permanente del orden del derecho proveniente del acto fundador de los atentados del 11 de septiembre de 2011.
Encerrados en la tragedia

La manera como fue tratado el cuerpo de Muammar el-Gaddafi revela la tragedia vivida por el pueblo libio. Su cadáver fue objeto de un doble tratamiento excepcional, de una violación doble del orden simbólico en el que se insertaba esa sociedad. En vez de ser inhumado el día mismo de su muerte, como lo exige el rito musulmán, su cadáver se mantuvo expuesto a las miradas de los curiosos durante 4 días, en un frigorífico. Esta exhibición fue seguida de su enterramiento en un lugar secreto, a pesar del pedido que su esposa había hecho llegar a la ONU de que le fuese entregado el cuerpo.

Esa doble decisión del nuevo «poder» libio pone a la población en una situación que ya conocida en la tragedia griega. Al impedir que la familia enterrara el cuerpo, el nuevo poder político se apropia del espacio del orden simbólico. Mediante la supresión de toda articulación entre la «ley de los hombres» y la «ley de los dioses», el Consejo Nacional de Transición las fusiona y se arroga el monopolio de lo sagrado, poniéndose así por encima de la política.

La decisión del CNT de impedir a la familia la realización del funeral y de exhibir el cadáver tiene como objetivo suprimir el significado del cuerpo para mantener a la vista únicamente el significado de la muerte. La orden de disfrutar la imagen del asesinato no debe encontrar límite alguno. El fetiche perpetúa la compulsión de la repetición. La pulsión se vuelve entonces autónoma y pasa, indistintamente, de una imagen a otra, de la imagen de la muerta a la imagen de la ejecución de la muerte. Su función es acrecentar la voluntad de poderío.
Ser dueño de lo que debe verse

La profanación del cuerpo no es, por consiguiente, más que un elemento de su fetichización. Lo esencial se encuentra en las imágenes del linchamiento de Gaddafi. Captadas a través de un teléfono celular, esas imágenes ocupan el espacio mediático y son reproducidas constantemente. Irrumpen en tiempo real en nuestra vida cotidiana. Nos capturan a pesar nuestro. Pasamos entonces nosotros mismos a formar parte del escenario ya que, en la pulsión cinematográfica, el linchamiento sólo se convierte en acto de sacrificio gracias a la mirada-objeto. Las imágenes nos muestran a personas que toman fotos y que disfrutan el espectáculo filmado. Esas personas exhiben el instante de la mirada. Lo que se presenta como ofrenda no es el objeto sino el sentido que se ofrece a la mirada, para ser dueño de lo que debe verse.

El linchamiento como imagen es una tradición occidental. Al fotografiar a sus víctimas, los miembros del Ku Klux Klan ya exhibían el sacrificio humano como espectáculo. El tratamiento que se dio a Gaddafi forma parte de esa «cultura». Se distingue, sin embargo, de ella en un aspecto. El montaje de las acciones del KKK tenía un fuerte componente ritual, trasmitía la imagen de un orden social subterráneo.

En el caso del linchamiento de Gaddafi, las imágenes captadas a través de los teléfonos celulares se liberan de todo significante, se convierten en algo más real que la realidad, colonizan lo real que de hecho sólo existe entonces como aniquilación. Esas imágenes muestran la fragmentación de la sociedad y, por ende, la omnipotencia de la acción imperial. Nos muestran un mundo que se invierte permanentemente. Nos enfrentan al espanto e nos inyectan la psicosis. Destruyen toda relación con el otro y apelan tan sólo a interioridades, a mónadas cuyo consentimiento buscamos.

Al contrario de un lenguaje que nos inscribe en un «nosotros», la imagen se dirige a cada individuo por separado. Impide todo vínculo social, toda forma de simbolización. Es el paradigma de una sociedad regida por las mónadas. Mucho revelan así dichas imágenes no sobre el conflicto mismo sino sobre el estado de nuestras sociedades, así como sobre el futuro programado para Libia: una guerra permanente.
El sacrificio de un chivo expiatorio

Estas imágenes nos muestran la ejecución de un chivo expiatorio. Actualizan la noción de violencia mimética que René Girard desarrolló en su interpretación del Nuevo Testamento [4]. Mediante la repetición del sacrificio, dichas imágenes nos imponen una violencia sin objetivo. Esta se torna compulsiva. Si bien el chivo expiatorio sirve de catalizador a la violencia, lo cierto es que, contrariamente a lo que afirma Girard, no permite detenerla. La paz sólo será momentánea y no es más que la preparación de una nueva guerra. Cada sacrificio es un llamado a la realización de otro. Después de la destrucción de Libia tendrá que venir la de Siria, después la de Irán… La violencia se vuelve infinita y fundadora.

Al igual que en los enunciados cristianos, los comentarios de los medios sobre las imágenes del linchamiento de Kadhafi convierten al chivo expiatorio en víctima expiatoria. Si Gaddafi es víctima de un linchamiento es porque «así lo quiso». No es víctima de una agresión externa sino que supuestamente obedeció a una ley interna. Su ejecución no es resultado de su voluntad de resistir sino el cumplimiento de un destino personal. René Girard enunció también este procedimiento al referirse a Cristo. La figura de Cristo lleva a un desplazamiento de la noción de chivo expiatorio hacia la de la víctima expiatoria ofrecida para «purgar» el pecado original.

De esa manera, libres de toda deuda simbólica, de todo cuerpo social, esas imágenes y los comentarios sobre ellas participan en la inversión sistemática de la Ley simbólica, y en el estado de excepción permanente, que se instauró después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Sacralizado, el poder político suplanta al orden simbólico.
Una regresión: del lenguaje de la imagen de la unificación a la diosa-Madre

Esas imágenes nos hacen regresar a un fase en la que el sacrificio humano ocupaba un lugar central en la organización social. Constituyen un retorno a la obsesión primordial de la unificación con la madre [5]. Los trabajos etnológicos, así como el psicoanálisis, nos han demostrado que el sacrificio humano constituye un regreso a una estructura maternal. El amor y el sacrificio son los atributos de una organización social que no distingue ya entre orden político y orden simbólico. Son los paradigmas de una sociedad matriarcal que opera aquí la fusión del individuo con el poder maternal.

Estas imágenes se inscriben en una larga tradición cristiana de inversión de lo que sirve de basamento al Antiguo Testamento. El relato de Abraham es el momento que instituye la prohibición del sacrificio humano. La muerte de Cristo, por el contrario, es la inversión del sacrificio de Isaac. En vez del animal que reemplaza al hijo, es el hijo-Mesías quien se convierte en carnero [6].

En el Antiguo Testamento, la muerte del animal sacrificado es la muerte del dios primitivo. Simboliza así un desplazamiento del sacrificio real hacia el lenguaje: «Si existe un dios, este se halla en las palabras de alianza (el lenguaje)» [7]. Ese movimiento inaugura la existencia de un lugar productor de la metáfora, de transformación de lo real. Las operaciones de desplazamiento y de metáfora, que se hallan en el núcleo de dicho relato, son los procedimientos constitutivos de la ley del lenguaje [8]. La ley del lenguaje es inscripción de la no identidad de la palabra y del objeto. En el conflicto libio, nos sitúan, desde el comienzo, fuera del lenguaje. Kadhafi es un tirano, porque así lo califican. Las masacres de su régimen no tienen que ser comprobadas, basta con afirmar que suceden. La imagen misma del dictador es suficiente. No integra ninguna contradicción ni enfrenta nada real. Es más real que la realidad.
El fin de todo orden simbólico

La ley del lenguaje es la aceptación de que la lengua es ante todo la del otro. Es el reconocimiento por parte del hombre de su propio carácter incompleto. Una vez que se concreta esta simbolización, inculcando la dependencia del individuo con respecto al otro, se emprende un proceso de reconocimiento mutuo y, por esa vía, la formación de una sociedad humana [9]. Esta introduce una deuda simbólica [10], un sistema de relaciones en el cual el individuo encuentra su lugar y donde deja de ser su propio padre. Esta deuda, al contrario del pecado original, tiene un carácter unificador ya que pone al hombre en relación con el otro a partir de un devenir.

Gaddafi estaba imperfectamente insertado en el sistema capitalista globalizado. Funcionaba aún de conformidad con valores provenientes de la sociedad tradicional, sobre todo la del regalo como creador de vínculos sociales. Se vio duramente afectado por el abandono de sus «amigos» Sarkozy, Berlusconi o Tony Blair... [11]. Seguramente pensaba que los regalos que les había hecho habían instaurado un sistema de reconocimiento recíproco que le garantizaba cierta protección. Lo cual demuestra que no había entendido la naturaleza del capitalismo. En ese sistema, toda relación social está abolida. Si bien en las sociedades antiguas el intercambio de objetos sirve de basamento a las relaciones entre los hombres, en el capitalismo la mercancía y el dinero son sujetos. Quienes recibían los regalos de Kadhafi sólo podían verlos como adelantos por algo que les correspondía por derecho. Los dioses oscuros de esta sociedad no pueden ser otros que los de los mercados.
Imágenes de disfrute

Por la ley del idioma, el hombre se distingue de la naturaleza, de la diosa-madre que no tiene interior ni exterior. El asesinato, en vez de ser fundador, es abolido para dar acceso a la palabra. Se establece entonces un orden humano que se diferencia del orden divino. El individuo deja de ser un hijo todo poderoso. Se ve separado del poder maternal.

Las imágenes del linchamiento de Kadhafi nos retrotraen, por el contrario, a lo originario y la omnipotencia. Nos inscriben en una estructura religiosa anterior al logro que fue la prohibición del sacrificio. Estos clichés vuelven a sumergirnos en la violencia incestuosa, en el disfrute de la pulsión háptica, devoradora [11]. El imperativo del disfrute suplanta aquí la política. El ejemplo más significativo nos lo proporciona la entrevista de Hillary Clinton, quien acoge esas imágenes como una ofrenda. Llena de gozo, proclama su propia omnipotencia y expresa su júbilo ante el linchamiento: «¡Vinimos, vimos y él [Kadhafi] murió!», ante las cámaras t micrófonos de la CBS [12].

La violencia inflingida al «Guía» libio es también, para los demás dirigentes occidentales, un instante propicio para expresar la satisfacción que les invade y disfrutar del éxito de su iniciativa. «Tampoco vamos a derramar lágrimas por Gaddfi», declaró Alain Juppé, el ministro francés de Relaciones Exteriores [13].
El cuerpo martirizado como ícono de la violencia

Las posiciones que asumieron nuestros líderes después de la difusión de esas imágenes nos confirman que el verdadero objetivo de esta guerra no era la protección de la población sino la eliminación de Gaddafi. La tribuna de Barack Obama, Nicolas Sarkozy y David Cameron, publicada de forma conjunta el 15 de abril en The Times, The International Herald Tribune y Le Figaro, nos había anunciado sin embargo que «No se trata de expulsar a Gaddfi por la fuerza. Pero es imposible imaginar que Libia pueda tener un futuro con Gaddafi» [14]. Su violencia [de Gaddafi] consistiría entonces esencialmente en el hecho de no haber abandonado el poder, aun siendo inconcebible que se mantuviera en él. Su imagen supuestamente simboliza la tiranía, ya que no pudo lograr que los dirigentes occidentales amaran a la población libia. «Él (Gaddafi) se comportó de manera muy agresiva. Se le ofrecieron buenas condiciones para que se rindiera, y las rechazó», agregó Juppé.

Los medios nos confirman que «los dictadores siempre acaban así». Las huellas de la violencia hacen aparecer lo invisible. El linchamiento se convierte en prueba de que la víctima era en efecto un dictador. Estos estigmas nos muestran lo que nunca vimos: la prueba de las masacres que Gaddafi iba a cometer. Son una muestra de sus intenciones de hacer aquello que la OTAN utilizó como argumento para justificar su intervención.

De esa manera se vinculan las masacres atribuidas al coronel con la imagen de su cuerpo ensangrentado. Las huelles de violencia sobre el cuerpo vivo, y posteriormente sobre el cadáver, no serían entonces el resultado de la violencia de los «liberadores» sino el fruto de la sangre derramada por Gaddafi.

La violencia del crimen nos muestra que efectivamente se trata de una venganza. También nos demuestra que los autores de esa violencia son en realidad víctimas y que este asesinato tiene un carácter sagrado.
La exhibición de un poder sin límites

Las imágenes del momento del sacrificio permiten a nuestros dirigentes exhibir un poder sin límites. El ministro de Defensa de Francia, Gerard Longuet, reveló que la aviación francesa, a pedido del Estado Mayor de la OTAN, había «detenido», o sea bombardeado, la caravana fugitiva en la que se encontraba Gaddafi [15]. El ministro francés reivindica así una violación flagrante de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. Por su parte, Alain Juppé se dio el lujo de reconocer que el objetivo de la invasión no era otro que poner en el poder al CNT: «La operación debe terminar ahora ya que el objetivo que perseguíamos, o sea acompañar a las fuerzas del CNT en la liberación de su territorio, ya ha sido alcanzado» [16].

El éxito de la ofensiva de la OTAN vino acompañado, por parte de los vencedores, de declaraciones cada vez más numerosas en las que se reconocía la violación sistemática, aunque justificada, de la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU. El filósofo, escritor, cineasta, estratega y diplomático Bernard-Henri Levy incluso reconoció, en su libro La guerre sans l’aimer [En español: «La guerra sin desearla». Nota del Traductor.], que «Francia proporcionó directa o indirectamente cantidades muy importantes de armas a los rebeldes libios que combatían por derrocar a Muammar el-Gaddafi» [17]. Todas estas declaraciones ilustran la estructura síquica del niño todopoderoso, figura fálica del Estado maternal, de un poder carente de límites que se sitúa más allá de la palabra y que, por lo tanto, no se siente obligado a respetar ni siquiera sus propios compromisos.

Esas posiciones recuerdan las declaraciones de Tony Blair cuando reconoció que no había armas de destrucción masiva en Irak, pero que la guerra contra Sadam Husein fue justificada porque puso fin al reinado de un dictador.
La víctima y el sacrificio: los valores de un regreso a la barbarie

El asesinato cometido contra Gaddafi, como acto de «venganza de las víctimas», tiene como resultado que Gaddafi no será juzgado. Esta consecuencia coincide con los intereses de las firmas petroleras y los gobiernos occidentales, cuyos estrechos vínculos con el régimen del coronel no saldrán por lo tanto a relucir ante la opinión pública. El principal resultado de la sustitución de la organización de un juicio [contra Gaddafi] ante la Corte Penal Internacional por las imágenes del linchamiento es que, en vez de verse detenida por la palabra, la violencia se hace infinita. Libia, al igual que Irak y Afganistán, se convertirá en escenario de una guerra perpetua. En lo tocante a nuestros propios regímenes políticos, estos se sumergen en un estado de excepción permanente. Este viene acompañado de la aparición de un poder absoluto, cuyo actuar político va más allá de cualquier orden vinculado al derecho.

Una intervención militar emprendida en nombre del amor de los dirigentes occidentales por los pueblos víctimas de un «tirano» [18] y magnificada por la exhibición del sacrificio de este último revela es síntoma de una regresión de nuestras sociedades a la barbarie.

El tratamiento del sacrificio de Gaddafi como imagen icónica confirma el carácter cristiano de una guerra desatada en nombre del amor por las víctimas. La destrucción de Libia por las fuerzas de la OTAN se inserta en la larga tradición de las cruzadas, de las guerras contra la ley simbólica iniciadas en nombre del hombre-Dios [19]. Estas ya eran resultado de una reorganización de Europa bajo la autoridad papal [20]. Hoy en día, este conflicto, aún más que la guerra contra Irak, implica una sumisión total de los países europeos al Imperio estadounidense.

La guerra por la democracia es la versión postmoderna de la «guerra santa», sagrada no porque el enemigo fueran los «infieles» sino porque la ordenaba el Papa, como infalible representante del hombre-Dios. Hoy en día, el carácter sagrado de la agresión proviene del carácter naturalmente democrático de su patrocinador estadounidense, cuyo presidente recibió el premio Nóbel de la paz antes de haber realizado el menor acto político. Ese premio consagra al presidente de Estados Unidos como ícono cristiano, como la personificación misma de la paz y la democracia. No se trata en esta versión de la sacralización del hombre creado a la imagen y semejanza de Dios, sino a la imagen de sí mismo y de su naturaleza pacífica y democrática.

Notas:

[1] Título de una canción que Abel Meeropol compuso en 1946 par Abel Meeropol en la que se denuncian las Necktie Party (ahorcamientos) que se organizaban en el sur de Estados Unidos y a los blancos asistían vestidos como para una fiesta. Interpretada por Billie Holiday, la difusión de esta canción fue un enorme éxito.

[2] Al blandir un cuchillo para sacrificar a su hijo, Abraham encuentra un carnero en el lugar del niño. El que debe morir es el macho cabrío, el animal-padre, el padre primitivo, o sea un fantasmagórico linaje de ancestros, al mismo tiempo que una divinidad arcaica, una forma feroz de Dios que reclama constantemente sacrificios. in Jean-Daniel Causse, «Le christianisme et la violence des dieux obscurs, liens et écarts», AIEMPR, XVIIe congrès international Religions et violences, Estrasburgo, 10-14 de julio de 2006.

[3] Paul Laurent Assoun, Le fétichisme, Que sais-je?, PUF, 1994. «Le fétiche ou l’objet au pied de la lettre», in Éclat du fétiche, Revue du Littoral 42.

[4] Réné Girard, La Violence et le sacré, Le Seuil, 1972.

[5] El significado primordial del deseo de la madre es rechazado normalmente gracias a la sustitución del significado del Nombre del Padre que inscribe en el lenguaje. El sacrificio es un regreso a ese estado natural de unificación con la madre. In Catherine Alcouloumbré, «La métaphore paternelle», Espaces Lacan, Seminario 1998-1999.

[6] Bible Chrétienne, II, Commentaires, Èditions Anne Sigier, 1990, p. 318, in Nicolas Buttet, L’Eucharistie à l’école des saints, Éditions de l’Emmanuel, París 2000, p. 38.

[7] Jean-Daniel Causse, «Le christianisme et la violence des dieux obscurs, liens et écarts», AIEMPR, XVIIe congrès international Religions et violence, Estrasburgo 2006, p. 4.

[8] Son el reflejo de dos operaciones fundamentales del lenguaje –la sustitución y la combinación–, que son el eje paradigmático y el eje sintagmático. Ver: Vincent Calais, La théorie du langage dans l’enseignement de Jacques Lacan, L’Harmattan, París 2008, p. 59.

[9] Hervé Linard de Guertechin, «A partir d’une lecture du sacrifice d’Isaac (Genèse 22)», Lumen Vitoe 38 51987), p. 302-322.

[10] Contrariamente al pecado original, esa deuda tiene un carácter unificador ya que pone al hombre en relación con el otro, a partir de un devenir y no de un originario. El pecado original, por el contrario, encierra en la imagen de un superyó.

[11] «Kadhafi préférait "mourir en Libye qu’être jugé" par la CPI» [En español, «Kadafhi prefería “morir en Libia a ser juzgado” por la CPI». NdT.], La Libre Belgique y AFP, 31 de noviembre de 2011.

[12] «Le sacrifice se centre sur le noyau sacrificiel originel: l’endocannibalisme» in Pierre Solié, Le sacrifice fondateur de civilisation et d’individuation, resumen.

[13] «Hillary Clinton se félicite de la mort de Mouammar Kadhafi», Réseau Voltaire, 22 de octubre de 2011.

[14] «La mort de Kadhafi marque la fin de l’engagement de l’OTAN en Libye», LeMonde.fr con AFP, 21/10/2011.

[15] «Tribune de Barack Obama, David Cameron et Nicolas Sarkozy sur la Libye», Réseau Voltaire, 15 de abril de 2011.

[16] «L’aviation française a stoppé le convoi de Kadhafi, affirme Longuet», TF1, 20 de octubre de 2011.

[17] «La mort de Kadhafi marque la fin de l’engagement de l’OTAN en Libye», LeMonde.fr, Op. Cit..

[18] «Les coulisses de la guerre selon BHL», La Libre Belgique, 7 de noviembre de 2011.

[19] Jean-Claude Paye, Tülay Umay, «Faire la guerre au nom des victimes», Réseau Voltaire, 9 de mayo de 2011.

[20] Maurice Bellet, Le Dieu pervers, Desclée de Brouwer, París 1979, pp 16-17.

[21] Paul Rousset, Les origines et les caractères de la première Croisade, La Baconnière, Neuchâte11945.
Jean-Claude Paye
Tülay Umay
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