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El domingo próximo tendrán lugar elecciones legislativas en la República Bolivariana de Venezuela.

El control mayoritario de la Asamblea Nacional por la oposición derechista pondría en riesgo los logros de la revolución iniciada por el comandante Hugo Chávez Frías, y constituiría un duro golpe para la estabilidad, e incluso permanencia, del gobierno del presidente Nicolás Maduro. Hoy más que nunca hay que recurrir al legado político e ideológico de Chávez, como guía para la acción frente al reto constante de una derecha golpista, que cuenta con el respaldo político-militar de Estados Unidos.

El presidente Chávez restituyó el sentimiento y la conciencia de patria. Comprendió a cabalidad lo que los marxistas denominamos cuestión nacional, a partir del rescate de los próceres independentistas, especialmente Bolívar, y transmitió esta conciencia patriótica a sectores mayoritarios del pueblo. Antes de Chávez, la palabra patria no era más que un recurso retórico en efemérides oficialistas de las democracias tuteladas. Hoy en Venezuela la nación-pueblo ha recobrado la idea de patria, en un contexto planetario de trasnacionalización neoliberal, que destruye patrias y soberanías. Durante estos años se han fortalecido la dignidad nacional y el sentido de pertenencia incluso a la Patria Grande, esa Nuestra América de José Martí. Una derrota de la revolución por la vía de un proceso electoral intervenido por el boicot económico, el crimen organizado al servicio del capitalismo trasnacionalizado y el paramilitarismo, trabajando codo con codo con la derecha apátrida, significaría un retroceso estratégico en el ámbito continental.

A partir de la base nacional, el comandante Chávez rescata también el concepto de socialismo. Esto es, le imprime una perspectiva de clase a un movimiento nacionalitario que se desarrolla a pesar de la crisis de los paradigmas e imaginarios en torno al socialismo por la debacle y desaparición de la Unión Soviética y el campo socialista. Con estas dos perspectivas teórico-ideológicas, patriotismo y socialismo, se fortalece el antimperialismo, que, en su interrelación, constituyen los factores claves de la sobrevivencia y el desarrollo de la Revolución Bolivariana, no puede haber el uno sin los otros, es el sustrato mismo de esta gesta revolucionaria, y uno de los legados más importantes de Chávez.

En lo interno, el comandante busca la unidad de los revolucionarios, pero para lograrla utiliza dos mecanismos fundamentales de una efectiva opción emancipatoria: la crítica y la autocrítica que, si se pierden, podría abrirse el camino de la derrota del campo popular. Documentos como Golpe de timón deberían ser estudiados todos los días, porque constituyen las grandes enseñanzas de Chávez. Él hace una crítica a la corrupción, al arribismo, a la arrogancia y prepotencia de quienes en los aparatos de Estado piensan que son únicos y predestinados. Recuerdo al comandante Tomás Borge diciendo nos creímos dioses, en referencia a la derrota electoral del Frente Sandinista de Liberación Nacional en 1990. Hay quienes de pronto se marean en un tabiquito, y no se dan cuenta de que están en posiciones de gobierno porque se ha producido una revolución popular.

Chávez fue un gran estratega de la lucha de clases. Ante cada ofensiva de la derecha, incluyendo las huelgas petroleras, el golpe de Estado, el uso de la violencia y la subversión, él respondió con una radicalización de la revolución. Esto es fundamental. Hay quien piensa que al conciliar con la derecha y el imperialismo, se logra la estabilización del gobierno revolucionario; ¡todo lo contrario!, es la manera de desestabilizarlo. A cada golpe del imperialismo y la oligarquía –siempre hermanos siameses–, la reacción de una dirigencia revolucionaria debe ir hacia adelante, hacia la radicalización del poder popular. Porque la única fuerza capaz de derrotar al imperialismo –lo probó Vietnam y lo ha probado Cuba– es un pueblo políticamente consciente, un pueblo que asume esa perspectiva indisoluble de patriotismo-socialismo-antimperialismo.

Recordar el legado de Chávez es luchar contra el burocratismo y la corrupción. El revolucionario no se prueba en la lucha armada, en la clandestinidad, ahí se prueba un combatiente; el revolucionario se prueba en el ejercicio del poder público. De aquí, el principio zapatista de para todos, todo, para nosotros, nada. La verdadera izquierda es la que coadyuva a construir poder popular sin esperar ni pedir nada a cambio.

Otro de los legados de Chávez es la unidad cívico-militar: la ruptura de la relación fuerzas armadas-poder oligárquico, el seguimiento de la estrategia de guerra de todo el pueblo, de creación de milicias; ya que una oligarquía que pierde el poder político va a buscar recobrarlo a toda costa y, sobre todo, hacerse de un brazo armado que defienda sus intereses de clase; lo va a buscar dentro o fuera del país: mercenarios colombianos, militares desafectos, fuerzas especiales de Estados Unidos, crimen organizado, y sus propios reclutas entre sectores populares cooptados y desclasados. Las oligarquías no pueden existir sin su aparato represivo, brutal, parafascista. Chávez comprendió que no hay reconciliación posible con la derecha recalcitrante, a la cual debe aplicarse toda la fuerza de la ley, cuanto más en un estado de derecho revolucionario.

El próximo domingo es la prueba de fuego de la revolución y del pueblo venezolano. No hay táctica electoral más poderosa que la que irradia de los procesos inmanentes de las familias, los campos, los barrios, las escuelas, las fábricas, las universidades, las clínicas, las viviendas, los poderes comunales, que la revolución chavista-bolivariana asumió como suyos. Es el momento de cumplir con la palabra empeñada por la patria y el socialismo.

Fuente: -jornada.unam.mx/

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