Rebelion. Las dos caras de Obama en Honduras

Al cumplirse un mes del golpe de estado en Honduras, el campo de batalla se va deslindando con mayor claridad. Al inicio de la crisis, el pasado 28 de junio, parecía existir un acuerdo unánime entre todos los gobiernos de las Américas de condena al golpe, rechazo al gobierno de facto instaurado y reclamo por la restitución inmediata e incondicional del presidente constitucional Manuel Zelaya Rosales. Sin embargo, al correr de los días y las semanas, la unanimidad se ha hecho agua tras las maniobras diplomáticas de Estados Unidos por reinscribir el conflicto dentro de su tradicional estrategia imperial.

La política exterior de Estados Unidos hacia la América Latina parece correr sobre dos carriles: uno basado en la retórica del presidente Barack Obama a favor de una nueva relación con la América nuestra, respetuosa de su soberanía y autodeterminación, y otro basado en la continuación de las mismas prácticas expansionistas e intervencionistas del Pentágono, el Departamento de Estado y las agencias de inteligencia yanquis. En el caso de Honduras, la retórica de Obama brilla por su insustancialidad e inconsecuencia frente a la fuerza contundente de los hechos protagonizados por la diplomacia de su gobierno, con su arrogancia imperial de siempre. Para ésta, el objetivo más importante no es cumplir con el imperativo normativo establecido unánimemente por la OEA para que se restituya de inmediato y sin restricciones al presidente constitucional de Honduras, sino que aislar al bloque de países adscritos al ALBA (Alternativa Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América), encabezado por la Venezuela bolivariana de Hugo Chávez Frías e integrada a su vez, entre otros, por Cuba, Bolivia y Nicaragua, gobiernos todos descalificados como enemigos bajo la anterior política exterior de George W. Bush y, según todos los indicios, también bajo el gobierno de Obama. En la medida en que Honduras, bajo la presidencia de Zelaya, estaba aliada al ALBA, ello ha sido suficiente para que la política exterior estadounidense se haya dado a la tarea de promover activamente una solución al conflicto que, para todos los fines prácticos, legitime los propósitos de los golpistas hondureños de poner fin a la agenda de cambios representada por su gobierno.

La dualidad que caracteriza la política exterior del gobierno de Obama muestra, por un lado, a un gobierno que se proyecta como conciliador aunque a su vez tolera aquellas fuerzas al interior de la estructura de poder en Washington que siguen pregonando y practicando, de mil y una maneras, abiertas y encubiertas, la misma política de fuerza de siempre. Es la política de “la zanahoria y el garrote” que ya nos había anticipado Obama en su campaña electoral. Si lo hace presionado por los rigores de la gobernabilidad, en el contexto de una compleja estructura de poder imperial que a todas luces no domina, o si lo hace por estar convencido de que carga con la misión de recuperar el liderazgo mundial de Washington en una era en que éste ha menguado considerablemente, poco importa. Los resultados son los mismos: la nefasta continuidad de políticas intervencionistas estadounidenses definidas estrictamente desde la óptica de sus intereses estratégicos imperiales y en total desconocimiento de la voluntad soberana expresa de nuestros pueblos.

Hillary Clinton, la principal encargada de la diplomacia de Obama, ha proclamado claramente que “la cuestión no es si EEUU puede o debe liderar, sino como liderará en el siglo XXI”. Al respecto abundó que “EEUU tiene la oportunidad, y una profunda responsabilidad de ejercer el liderazgo Americano para resolver problemas en acuerdo con otros. Este es el corazón de la misión de América en el mundo actual”. En fin, sea a las buenas o a las malas, Estados Unidos se propone ahora ejercer la hegemonía sobre el nuevo mundo multipolar que se ha ido abriendo paso.

De ahí que en los pasados días Clinton ha pasado de la tímida condena a los golpistas a la dilación del retorno efectivo de Zelaya a Honduras y su restitución como presidente con todas sus prerrogativas constitucionales. Su estrategia de apoyo velado a los golpistas se apuntala en las gestiones mediadoras del presidente costarricense Oscar Arias, quien tristemente se ha prestado para servir de burdo instrumento de la diplomacia yanqui. Incluso, en días pasados tuvo el descaro de opinar públicamente que fue un error de Zelaya incorporar Honduras al ALBA.

Denuncia al respecto el pasado lunes 27 de julio un editorial del periódico mexicano La Jornada que a estas alturas se ha hecho evidente “el papel de Óscar Arias como parapeto diplomático del régimen de facto implantado en esa nación, ya que cuando las diplomacias latinoamericanas confiaron al mandatario costarricense una tarea de gestión para negociar los términos del retorno de Zelaya a la presidencia hondureña, éste fue mucho más allá de sus atribuciones y formuló un plan –al que denominó Declaración de San José– que otorgaba beneficios políticos injustificados e inmerecidos a quienes son, de acuerdo con el derecho internacional y el hondureño, delincuentes: su participación en un gobierno de unidad nacional y la suspensión definitiva de la consulta que el mandatario constitucional pretendía realizar en torno a la reelección, lo cual fue una bocanada de oxígeno al entonces cercado régimen espurio, cuyos cabecillas se envalentonaron y rechazaron la propuesta”. Y puntualizan los editorialistas del prestigioso diario: “Debe considerarse, a este respecto, que más allá de la inadmisible perpetuación del gobierno espurio hondureño, el que se otorgue cualquier clase de premio político e institucional a los golpistas sentaría un precedente nefasto para el futuro de las democracias en el hemisferio; es indispensable, por tanto, impedir que proliferen sectores políticos tentados a usar la fuerza militar institucional para la obtención de cuotas de poder”.



Frente a las maniobras de Washington, el Mercosur acordó el pasado fin de semana expresar su firme respaldo a Zelaya y advirtió que no reconocerá las elecciones convocadas por los golpistas, las mismas que se pretenden validar bajo la propuesta Clinton-Arias. El documento suscrito por los presidentes reunidos en la Cumbre de Asunción expresó su rechazo a cualquier medida unilateral que adopte el gobierno de facto y exigieron la inmediata e incondicional restitución de Zelaya.

En un contundente gesto de rechazo, los países del Mercosur anticiparon que no considerarán válido acto unilateral alguno de parte del gobierno de facto de Honduras, ni siquiera el llamado a elecciones. La propuesta partió de la presidenta argentina Cristina Fernández, quien sostuvo durante el plenario: “No podemos tolerar lo que sería una ficción de un gobierno de facto que destituye a un gobierno democrático, luego se compromete a llamar a elecciones y entonces se reconoce ese proceso electoral posterior”.

“Es importante abordar la cuestión sin discursos inflamados, ni agresiones, pero sí con mucha decisión y precisión, que también debemos condenar cualquier intento de lo que denomino ‘golpes benévolos’, que serían destituir a través de una gestión cívico-militar a un gobierno constitucional, pasar un tiempo y luego convocar a elecciones –que seguramente tendrán la presencia de numerosos delegados internacionales– y de esta manera legalizar lo que constituye un golpe y entonces concebir la carta de defunción de la Carta Democrática de la OEA y también hacer una ficción la cláusula democrática de nuestro Mercosur”, puntualizó Fernández.

Luego de su intervención, la mandataria argentina recibió una llamada de Zelaya, en la que le agradeció sus palabras. Éste se hallaba todavía en Nicaragua, en anticipó a la breve y simbólica incursión que haría en territorio hondureño para luego regresar a territorio nicaragüense donde estableció su base de operaciones en Ocotal, contiguo a la frontera con su país, para forzar su retorno definitivo en coordinación con las fuerzas internas opositoras al golpe.

Por otra parte, el presidente paraguayo Fernando Lugo, exclamó también en la Cumbre que “Honduras es una herida que sangra”, añadiendo que “ese golpe no quedará impune”. Asimismo, el mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva fue contundente: “Lo de Honduras es un retroceso democrático que no se puede tolerar y con el que no se puede transigir”. Por su parte, el presidente boliviano Evo Morales se encargó de denunciar las dos caras de la intervención del gobierno de Obama en torno a la crisis hondureña y la existencia en Estados Unidos de unas fuerzas derechistas que promueven activamente el apoyo a los golpistas.

Son esas dos caras de Washington lo que llevó el pasado domingo a Zelaya a reclamarle a ese país “enfrentar con fuerza” a los golpistas. “Que deje de evadir el tema de la dictadura, que la enfrente con fuerza para saber realmente cuál es la postura de EE.UU. en relación a este golpe de Estado”, afirmó.

El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.






Las dos caras de Obama en Honduras


Carlos Rivera Lugo (Claridad)


Al cumplirse un mes del golpe de estado en Honduras, el campo de batalla se va deslindando con mayor claridad. Al inicio de la crisis, el pasado 28 de junio, parecía existir un acuerdo unánime entre todos los gobiernos de las Américas de condena al golpe, rechazo al gobierno de facto instaurado y reclamo por la restitución inmediata e incondicional del presidente constitucional Manuel Zelaya Rosales. Sin embargo, al correr de los días y las semanas, la unanimidad se ha hecho agua tras las maniobras diplomáticas de Estados Unidos por reinscribir el conflicto dentro de su tradicional estrategia imperial.


La política exterior de Estados Unidos hacia la América Latina parece correr sobre dos carriles: uno basado en la retórica del presidente Barack Obama a favor de una nueva relación con la América nuestra, respetuosa de su soberanía y autodeterminación, y otro basado en la continuación de las mismas prácticas expansionistas e intervencionistas del Pentágono, el Departamento de Estado y las agencias de inteligencia yanquis. En el caso de Honduras, la retórica de Obama brilla por su insustancialidad e inconsecuencia frente a la fuerza contundente de los hechos protagonizados por la diplomacia de su gobierno, con su arrogancia imperial de siempre. Para ésta, el objetivo más importante no es cumplir con el imperativo normativo establecido unánimemente por la OEA para que se restituya de inmediato y sin restricciones al presidente constitucional de Honduras, sino que aislar al bloque de países adscritos al ALBA (Alternativa Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América), encabezado por la Venezuela bolivariana de Hugo Chávez Frías e integrada a su vez, entre otros, por Cuba, Bolivia y Nicaragua, gobiernos todos descalificados como enemigos bajo la anterior política exterior de George W. Bush y, según todos los indicios, también bajo el gobierno de Obama. En la medida en que Honduras, bajo la presidencia de Zelaya, estaba aliada al ALBA, ello ha sido suficiente para que la política exterior estadounidense se haya dado a la tarea de promover activamente una solución al conflicto que, para todos los fines prácticos, legitime los propósitos de los golpistas hondureños de poner fin a la agenda de cambios representada por su gobierno.


La dualidad que caracteriza la política exterior del gobierno de Obama muestra, por un lado, a un gobierno que se proyecta como conciliador aunque a su vez tolera aquellas fuerzas al interior de la estructura de poder en Washington que siguen pregonando y practicando, de mil y una maneras, abiertas y encubiertas, la misma política de fuerza de siempre. Es la política de “la zanahoria y el garrote” que ya nos había anticipado Obama en su campaña electoral. Si lo hace presionado por los rigores de la gobernabilidad, en el contexto de una compleja estructura de poder imperial que a todas luces no domina, o si lo hace por estar convencido de que carga con la misión de recuperar el liderazgo mundial de Washington en una era en que éste ha menguado considerablemente, poco importa. Los resultados son los mismos: la nefasta continuidad de políticas intervencionistas estadounidenses definidas estrictamente desde la óptica de sus intereses estratégicos imperiales y en total desconocimiento de la voluntad soberana expresa de nuestros pueblos.


Hillary Clinton, la principal encargada de la diplomacia de Obama, ha proclamado claramente que “la cuestión no es si EEUU puede o debe liderar, sino como liderará en el siglo XXI”. Al respecto abundó que “EEUU tiene la oportunidad, y una profunda responsabilidad de ejercer el liderazgo Americano para resolver problemas en acuerdo con otros. Este es el corazón de la misión de América en el mundo actual”. En fin, sea a las buenas o a las malas, Estados Unidos se propone ahora ejercer la hegemonía sobre el nuevo mundo multipolar que se ha ido abriendo paso.


De ahí que en los pasados días Clinton ha pasado de la tímida condena a los golpistas a la dilación del retorno efectivo de Zelaya a Honduras y su restitución como presidente con todas sus prerrogativas constitucionales. Su estrategia de apoyo velado a los golpistas se apuntala en las gestiones mediadoras del presidente costarricense Oscar Arias, quien tristemente se ha prestado para servir de burdo instrumento de la diplomacia yanqui. Incluso, en días pasados tuvo el descaro de opinar públicamente que fue un error de Zelaya incorporar Honduras al ALBA.


Denuncia al respecto el pasado lunes 27 de julio un editorial del periódico mexicano La Jornada que a estas alturas se ha hecho evidente “el papel de Óscar Arias como parapeto diplomático del régimen de facto implantado en esa nación, ya que cuando las diplomacias latinoamericanas confiaron al mandatario costarricense una tarea de gestión para negociar los términos del retorno de Zelaya a la presidencia hondureña, éste fue mucho más allá de sus atribuciones y formuló un plan –al que denominó Declaración de San José– que otorgaba beneficios políticos injustificados e inmerecidos a quienes son, de acuerdo con el derecho internacional y el hondureño, delincuentes: su participación en un gobierno de unidad nacional y la suspensión definitiva de la consulta que el mandatario constitucional pretendía realizar en torno a la reelección, lo cual fue una bocanada de oxígeno al entonces cercado régimen espurio, cuyos cabecillas se envalentonaron y rechazaron la propuesta”. Y puntualizan los editorialistas del prestigioso diario: “Debe considerarse, a este respecto, que más allá de la inadmisible perpetuación del gobierno espurio hondureño, el que se otorgue cualquier clase de premio político e institucional a los golpistas sentaría un precedente nefasto para el futuro de las democracias en el hemisferio; es indispensable, por tanto, impedir que proliferen sectores políticos tentados a usar la fuerza militar institucional para la obtención de cuotas de poder”.



Frente a las maniobras de Washington, el Mercosur acordó el pasado fin de semana expresar su firme respaldo a Zelaya y advirtió que no reconocerá las elecciones convocadas por los golpistas, las mismas que se pretenden validar bajo la propuesta Clinton-Arias. El documento suscrito por los presidentes reunidos en la Cumbre de Asunción expresó su rechazo a cualquier medida unilateral que adopte el gobierno de facto y exigieron la inmediata e incondicional restitución de Zelaya.

En un contundente gesto de rechazo, los países del Mercosur anticiparon que no considerarán válido acto unilateral alguno de parte del gobierno de facto de Honduras, ni siquiera el llamado a elecciones. La propuesta partió de la presidenta argentina Cristina Fernández, quien sostuvo durante el plenario: “No podemos tolerar lo que sería una ficción de un gobierno de facto que destituye a un gobierno democrático, luego se compromete a llamar a elecciones y entonces se reconoce ese proceso electoral posterior”.

“Es importante abordar la cuestión sin discursos inflamados, ni agresiones, pero sí con mucha decisión y precisión, que también debemos condenar cualquier intento de lo que denomino ‘golpes benévolos’, que serían destituir a través de una gestión cívico-militar a un gobierno constitucional, pasar un tiempo y luego convocar a elecciones –que seguramente tendrán la presencia de numerosos delegados internacionales– y de esta manera legalizar lo que constituye un golpe y entonces concebir la carta de defunción de la Carta Democrática de la OEA y también hacer una ficción la cláusula democrática de nuestro Mercosur”, puntualizó Fernández.

Luego de su intervención, la mandataria argentina recibió una llamada de Zelaya, en la que le agradeció sus palabras. Éste se hallaba todavía en Nicaragua, en anticipó a la breve y simbólica incursión que haría en territorio hondureño para luego regresar a territorio nicaragüense donde estableció su base de operaciones en Ocotal, contiguo a la frontera con su país, para forzar su retorno definitivo en coordinación con las fuerzas internas opositoras al golpe.

Por otra parte, el presidente paraguayo Fernando Lugo, exclamó también en la Cumbre que “Honduras es una herida que sangra”, añadiendo que “ese golpe no quedará impune”. Asimismo, el mandatario brasileño Luiz Inácio Lula da Silva fue contundente: “Lo de Honduras es un retroceso democrático que no se puede tolerar y con el que no se puede transigir”. Por su parte, el presidente boliviano Evo Morales se encargó de denunciar las dos caras de la intervención del gobierno de Obama en torno a la crisis hondureña y la existencia en Estados Unidos de unas fuerzas derechistas que promueven activamente el apoyo a los golpistas.

Son esas dos caras de Washington lo que llevó el pasado domingo a Zelaya a reclamarle a ese país “enfrentar con fuerza” a los golpistas. “Que deje de evadir el tema de la dictadura, que la enfrente con fuerza para saber realmente cuál es la postura de EE.UU. en relación a este golpe de Estado”, afirmó.

El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.

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